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¿Qué significa autorregularse? La clave para aprender a aprender


  • Escrito por Isabel Piñeiro Aguín y Rocio González Suárez
  • Publicado en Educación
(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)
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Hay dos aspectos fundamentales que tienen una influencia directa en la práctica docente y que hacen que hoy día sea necesario reflexionar sobre ella para adaptarse a las necesidades actuales de los estudiantes.

Por un lado, encontramos la globalización y el acceso instantáneo y masivo a la información. ¿Cómo debemos abordar la enseñanza, si los contenidos conceptuales y procedimentales están ya al alcance de todos con un solo clic? ¿Qué debemos enseñar entonces, más allá de contenidos “de actitud”?

Como dijo el filólogo e intelectual estadounidense Noam Chomsky, “el propósito de la educación es mostrar a la gente cómo aprender por sí misma”. ¿Lo estamos haciendo?

Salud mental en caída libre

Por otro lado, la salud mental y el bienestar de los estudiantes se han convertido en una preocupación, dadas las consecuencias que generó la pandemia, las cuales aún empezamos a atisbar en la actualidad.

Más allá de los efectos concretos de la pandemia, lo cierto es que el bienestar emocional de los estudiantes siempre ha sido un factor que ha incidido en el ámbito académico. Debemos dar cabida a la intervención directa y concreta por parte del profesor que atienda tanto a las emociones antes, durante y después de la actividad, como a las creencias de los estudiantes en torno a su capacidad o a su autoconcepto.

Un vacío que rellenar

Generar dinámicas y praxis docentes que den respuesta a estas necesidades es un objetivo común. Puede ser atendido desde la autorregulación del aprendizaje.

Muchos estudiantes conviven diariamente con sentimientos de ansiedad, frustración y desvinculación con el proceso de aprendizaje. Aunque existen muchas causas que pueden generar una baja motivación entre ellos, en muchos casos, observamos que no poseen ni conocimiento ni control sobre su propio proceso de aprendizaje.

Es decir, no saben cómo aprender, no saben regular sus acciones para alcanzar una meta concreta.

Un aprendizaje autónomo

En demasiadas ocasiones, los docentes nos centramos únicamente en supervisar el correcto aprendizaje de los alumnos, olvidándonos de que nuestro deber es darles también herramientas que les ayuden a ser completamente autónomos en el aprendizaje.

El aprendizaje autorregulado es ese conjunto de múltiples procesos de autodirección que permiten a los estudiantes transformar sus capacidades en rendimiento académico.

La autorregulación del aprendizaje puede darse en diferentes áreas, como la cognitiva, la motivacional, la comportamental o la contextual. Se pone en marcha a través del empleo de estrategias concretas.

¿Cuándo es posible empezar?

Sabemos que la capacidad de autorregularse emerge muy temprano en la infancia y continúa desarrollándose a través de los años preescolares. A pesar de ello, actualmente seguimos observando en la práctica docente –en los niveles de educación infantil y en los primeros niveles de educación primaria– no se suele trabajar explícitamente la enseñanza de estrategias de autorregulación del aprendizaje. Estas servirían para conocer y controlar las diversas dimensiones del proceso (motivación, comportamiento, contexto, cognición).

Múltiples investigaciones han explorado la relación entre las habilidades de autorregulación (cognitiva, comportamental, motivacional, contextual) y ciertas [competencias académicas].

De esta manera, dominar las tareas, adaptarse a ellas o incrementar el control y adaptación sobre el contexto repercuten positivamente en el rendimiento académico de los estudiantes. Y esto no solo sucede en etapas educativas superiores como la universitaria, sino también en etapas iniciales como educación primaria.

Controlar el proceso propio

Cuando a un estudiante se le demanda escuchar con atención, esperar pacientemente, seleccionar estrategias para realizar una tarea, planificar su semana, revisar un problema o simplemente organizar su material escolar, pone en marcha ciertas habilidades de autorregulación de gran relevancia. Sin ellas, el acto educativo sería muy difícil.

Por esta razón, la enseñanza explícita de estrategias cognitivas, contextuales, motivacionales o de gestión de sus recursos habilita a los estudiantes para tener un mayor control del proceso de aprendizaje. Sobre todo si la enseñanza incluye estrategias metacognitivas como la supervisión o revisión de la tarea.

El empleo de este tipo de estrategias otorga al estudiante información sumamente relevante referida al proceso (dónde he fallado, qué fallo he cometido, qué cambio ha solucionado la situación).

Esta información es vital para mejorar el rendimiento, pues empuja al estudiante a no cometer los mismos errores cuando dirija una nueva experiencia educativa similar.

Impacto en el bienestar del estudiante

Más allá de las tareas educativas, las habilidades autorregulatorias se relacionan también con el bienestar del estudiante.

La autorregulación del proceso hace al estudiante autónomo. Dota de información relevante para incrementar esa percepción de control, empuja al estudiante a establecer metas más claras, pues conoce los objetivos y entresijos de la actividad y, sobre todo, al controlar la actividad se siente capaz de hacerla bien.

De esta manera, mejorar la autonomía, el establecimiento de metas y la autoeficacia podría mejorar el bienestar de los estudiantes al disminuir visiblemente su estrés.

Las estrategias autorregulatorias que también presentan una consolidada relación con el bienestar del estudiante son aquellas enfocadas a la gestión de las emociones negativas. Esta gestión está relacionada también con la autoestima y con la satisfacción del estudiante.

En resumen, parece que la clave para rendir y “estar bien” es saber cómo se aprende para fomentar el control y la autonomía durante el proceso de aprendizaje. Ahora necesitamos aprender a enseñarles cómo se aprende.The Conversation

Isabel Piñeiro Aguín, Profesora contratada doctora en el área de psicología evolutiva del departamento de Psicología (Facultad de Ciencias de la Educación), Universidade da Coruña y Rocio González Suárez, Doctora en Psicología Educativa, Universidade da Coruña

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation

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