La etiqueta, un fenómeno en la Educación
- Escrito por Rosi Burakoff
- Publicado en Educación
Es evidente que los estudios han permitido dar un paso importante en el descubrimiento y tratamiento en los trastornos del aprendizaje. Se han creado nuevos sistemas y los docentes son más conscientes de las diferencias y necesidades de cada alumno. En organismos académicos de nivel superior permiten incluso que los exámenes sean de manera oral para aquellos que lo solicitan o permiten una extensión en tiempo permitido para completar un examen escrito.
Lo que no hemos tomado en cuenta es que, en muchas instituciones de educación primaria, los estudiantes son etiquetados como alumnos con deficiencias en el aprendizaje. La consecuencia inmediata es que el primer encuentro profesor-alumno se contamina, porque muchos de los profesores toman la salida fácil y no se dan a la tarea de buscar los métodos para facilitar la enseñanza a todos los estudiantes sin importar las deficiencias o no. Parece todo programado desde el principio.
Una reunión con el cuerpo docente al inicio del año escolar es un espacio-momento muy comprometido, como he sido testigo, para “etiquetar” a los alumnos con problemas de aprendizaje. La directora del plantel informa de la presencia de alumnos con estas características. Es posible que en la mejor disposición dicha dirección desee preparar a su profesorado ante los retos que puede enfrentar durante el año en su clase. Y esto es muy loable.
Sin embargo, se pierde la oportunidad de entablar un primer contacto puro, desinteresado, espontáneo en donde el profesor tenga la oportunidad de evaluar y considerar por sí mismo diferentes tácticas, para integrar a alumnos con deficiencias de aprendizaje al ritmo de la clase. Muchas veces los alumnos al ser conscientes de su etiqueta pierden todo interés y les resulta cómodo, sobre todo para aquellos que se van acercando a la adolescencia, eludir su responsabilidad en todo el proceso puede ser un hecho muy común. Su foco de atención estará dirigido a otros intereses donde se sientan seguros y estén en igual de condición que otros compañeros de su clase.
Hace algunos años y cuando poco se conocía de estos trastornos, los alumnos tenían dos opciones: vivir con la noción de ser todo menos que alumnos destacados o bien superar estas dificultades buscando sus propios métodos de aprendizaje para sufrir esas carencias.
Y así como tantos lo lograron sin la ayuda de un asesor o sin el conocimiento de que se trataba de un trastorno, ¿por qué ahora nos conformamos con etiquetar a estos alumnos y no darles la oportunidad de encontrar por su propia mano un sistema que funcione?. Y como ejemplo citaré las palabras de un profesor de Lengua Inglesa durante una conferencia sobre los diferentes tipos de alumnos que pueden existir en la clase. Dicho profesor reconoció los alumnos auditivos, los visuales, los alumnos kinestésicos. Clasificación que se había ya discutido en otras charlas sobre didáctica. Lo sorprendente es que la distinción no quedo ahí, el profesor dijo que existen otro tipo de alumnos que no entran en ninguna de estas categorías y es labor del profesor encontrar el método adecuado incluso como él lo describió a través del olfato, colocando dulces sobre una mesa en forma de letras para que su alumno a través de este sentido pudiera reconocer cada una de ellas.
Si unos pocos dulces pueden ser la solución al problema por qué no dejar a los profesores buscar libremente ese “dulce” que puede facilitar el aprendizaje y darle la oportunidad al alumno de conectar con la materia de una forma menos convencional, en cierto modo efectiva y personalizada.