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¿Por qué desapareció la televisión educativa?


  • Escrito por Concha Pérez Curiel
  • Publicado en Educación
Shutterstock / REDPIXEL.PL Shutterstock / REDPIXEL.PL

José Manuel Pérez Tornero ha sido nombrado recientemente presidente de Radio Televisión Española. Eso nos ha recordado que él fue un gran gurú de la alfabetización mediática y un icono en los estudios sobre la televisión educativa en España y en el mundo. Aún mantiene una teoría que no ha caducado en el tiempo: “Las audiencias aprenden en un programa de entretenimiento y también en un programa de ficción. Por eso la televisión debe ser transversal y abrir una vertiente cultural, educativa, científica y de inteligencia”.

Cómo olvidar aquellos años de debate abierto entre los educadores y los periodistas sobre las ventajas y peligros de la televisión. Desde los orígenes, allá por la década de los años 60, se gestó una división entre programas que imitaban la dinámica del aula y programas culturales, propios de una televisión más divulgativa.

El premio a la permanencia en la parrilla televisiva se otorga a La Aventura del Saber, fruto de un convenio de colaboración entre el Ministerio de Educación y RTVE que ataja el analfabetismo de las personas adultas mediante nexos de cooperación entre la televisión y el sistema educativo. Se presentó en 1992.

La moda de la televisión educativa se tradujo en aquellos años en una implosión de concursos culturales como Saber y Ganar, retransmisiones de música clásica, dibujos animados de corte didáctico como Los Lunnis o los célebres Documentales de la 2.

Elegir entre documentales y “corazón”

Decidirse por el elefante blanco de la Sabana en horas de siesta plácida era toda una apuesta por aprender, tomada a broma por los seguidores de programas del corazón. Competir con la prensa rosa en la misma franja horaria era, y sigue siendo hoy, una batalla perdida.

El primer capítulo del docudrama Rocío: Contar la verdad para seguir viva sobre la vida de Rocío Carrasco ha llegado a alcanzar una audiencia de más de 3 millones de espectadores (33,2 % de share), que ha implicado también a los líderes de la política y ha abierto el debate sobre los efectos de la espectacularización ante un público desinformado.

El gueto de las segundas cadenas

Son muchas las causas para pensar por qué aquel modelo de televisión educativa no funcionó. Quizás relegar estos programas al gueto de las segundas cadenas pasó factura a una televisión que conjugaba la formación, la información y el entretenimiento. De nuevo, la sociedad de consumo engulle productos tipo comida rápida y no está preparada para digerir el discurso del “saber”.

Pero ¿qué fue de aquella televisión educativa? En un mundo dominado por las redes sociales, al que se suman los riesgos de la Covid-19 y una infodemia sin precedentes, la televisión ha vuelto a concentrar el interés de un público con desafección hacia la política y los medios tradicionales. Un pacto contra la desinformación que también han firmado plataformas como Twitter, que decidió retirar la cuenta de Trump (@realDonaldTrump) tras los sucesos del asalto al Capitolio.

Las cadenas públicas tienden a alejarse del cotilleo chismoso de internet y sientan en las mesas de tertulia a analistas, emiten reportajes de profundidad para responder a la ansiedad y la confusión de la gente y recogen los testimonios de fuentes directas, cerrando la puerta al sensacionalismo.

Por eso, hoy, el periodismo tradicional que se pervirtió con las redes sociales puede recuperar el papel de verificador de la mentira. La solución se llama alfabetización mediática.

Es la oportunidad de que el sistema mediático y el sistema educativo se reactiven y firmen un pacto que proteja, especialmente a los adolescentes, del ciberacoso y la adición a las tecnologías. La página de deberes es densa.

¿Y cómo se combate la desinformación?

La Escuela tiene que potenciar la buena televisión sin prescindir de herramientas digitales seguras. La Universidad tiene que implicarse y crear una red mundial contra la desinformación. Y el Gobierno tiene una máxima responsabilidad que va más allá de una política de presupuestos.

Urge un plan de rescate de la televisión educativa. La de antes ya no encaja. La célebre pregunta de cuántas horas pasa un niño delante de la tele se ha trasladado a Instagram o Tik-Tok.

Ante la influencia de lo “artificial” solo resiste una televisión con prospectiva, que recupere la conversación de las familias y de los amigos, que lo haga con un producto renovado, que se reserve un espacio en horario de máxima audiencia, que no asocie educar con aburrir, que copie de las redes la capacidad de interacción con los públicos. Que cuente la verdad.The Conversation

Concha Pérez Curiel, Profesora de Periodismo y Comunicación Institucional y Política, Universidad de Sevilla

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation