En los últimos tiempos vivimos un evidente auge del populismo, de la crítica a la política y los políticos, defendiendo ideas sobre que el pueblo solamente salva al pueblo, y en un contexto internacional afín a estas ideas, como se puede comprobar con el trumpismo, Milei, Bolsonaro, etc. No es una novedad, porque hay muchos momentos en el pasado de populismo en contextos distintos: ¿no tuvo el fascismo una raíz populista?, ¿y el franquismo?, ¿o la Dictadura de Primo de Rivera?. Pero, en realidad, todos esos regímenes hacían política día a día, porque toda decisión que se toma por parte de quien puede tomarla, ya sea en un régimen político legítimo, como en uno ilegítimo, es parte de la política. La tan alabada tecnocracia es una opción eminentemente política. El problema es intentar engañar con un fin político inconfesable, tomar el poder, teóricamente, en nombre del pueblo, para hacer una determinada política, bien ajena siempre a los principios democráticos. A propósito de la Dana en Valencia estos discursos populistas han saltado de los grupos de extrema derecha a los medios a través de algunos intelectuales, dando una especie de respetabilidad a lo que, desengañémonos, no la tiene bajo ningún concepto. No podemos negar tampoco que en determinada izquierda también ha habido populismo en nuestro pasado más reciente, o ¿alguien piensa que el discurso sobre la casta no es más que puro populismo? En fin, el populismo es pura manipulación y mentira. La política, buena o mala, regular o brillante, etc, siempre existe, como hay políticas de derechas o políticas de izquierdas. Eso es consustancial a la condición humana, y añadiríamos, ¡menos mal!.