El final de la mascarilla y el fin de la pandemia
- Escrito por Gaspar Llamazares Trigo
- Publicado en Editoriales
Después de más de dos años y un mes el gobierno ha decidido retirar el último símbolo de las restricciones de salud pública como consecuencia de la pandemia, con la lógica excepción de los centros sanitarios, las residencias de mayores y los transportes públicos. Tan solo lo de vincular su obligatoriedad en las empresas a la decisión de los comités de seguridad e higiene provoca cierta confusión.
Entre los ciudadanos, lógicamente después de tanto tiempo de ruido y furia y con tanto miedo entre los más vulnerables, hay quienes anuncian que la mantendrán puesta en interiores en todo caso, aunque la gran mayoría que seguirán las recomendaciones de las autoridades sanitarias de recuperar la normalidad con sentido común, como han hecho a lo largo de toda la pandemia, en un encomiable ejercicio de responsabilidad. Por eso ahora habrá que tener cuidado para que el miedo no se convierta en sociofobia.
Un símbolo y también un oscuro objeto del deseo para quienes que se han lucrado, unos legalmente y otros al margen de la legalidad y de la ética con comisiones obscenas como hemos conocido en estos días, precisamente cuando la transmisión comunitaria de la pandemia provocaba un número importante de infectados y de fallecimientos en particular entre los más vulnerables. El problema es si además se prueba que ha sido facilitado por la falta de controles, de seguimiento y de exigencia de responsabilidades por parte de determinados poderes públicos.
De nuevo volverán los maniqueos del pandemónium, otra vez entre los contados negacionistas que desde un principio han cuestionado la pandemia, la utilidad de las mascarillas e incluso de las vacunas, y de otra parte aquellos que todavía consideran prematuro el levantamiento de cualquier restricción, hasta tanto se logre una incidencia mínima y para otros, por suerte solo unos pocos, hasta que se produzca incluso la quimérica erradicación o anulación del virus, sin tener en cuenta la crítica situación actual de la ciudad de Shanghái y de China como consecuencia de la denominada estrategia de cero covid.
Unos y otros coincidirán en reprochar a los políticos las idas y venidas con la obligatoriedad de las mascarillas, sin reconocer que la pandemia además de una infección respiratoria es un proceso social, donde la función de la política a los distintos niveles es adecuar las evidencias científicas a una realidad social y económica cambiante en la que su responsabilidad es hacer prevalecer el interés general entre intereses contradictorios e incluso contrapuestos. Todos ellos recurrirán de nuevo a la tan manida falta de coordinación entre el gobierno y las CCAA, cuando lo que se ha producido es el exceso de la polarización política del clima populista, en particular por parte de la oposición, lo que ha dificultado la necesaria cooperación, junto a la lealtad y la corresponsabilidad para hacer frente a la pandemia, abonando el terreno a la antipolítica. Por eso queda la duda sobre el grado de consenso sobre la puesta en marcha de la futura Agencia de salud pública.
Pero nadie decretará el fin de la pandemia, como si de una guerra se tratase, porque como escribía Camus en La Peste, el virus continúa.
"Puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte"
Porque la pandemia continúa con nuevas variantes en los países empobrecidos con un mínimo nivel de vacunación y de inmunidad. Por eso la prioridad absoluta es la superación de las patentes y la generalización de las vacunas. Además, hay nuevos virus que nos acechan, sobre todo mientras se mantenga la explotación de los bosques, las macrogranjas, el hiperconsumo y las carencias en la integración de a salud ambiental, animal y humana, en el acceso universal a vacunas y antivíricos, así como en la gobernanza global de la salud pública.
Gaspar Llamazares Trigo
Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.