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La extraña alianza que derroca a Casado


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo! William Shakespeare en su obra Ricardo III.

La actual dirección del PP ha nacido en un marco de división y desconfianza, entre la herencia del gobierno Rajoy y las posiciones críticas con su supuesta tibieza, algo que se ha ido acentuando fundamentalmente con la desorientación estratégica y la consiguiente falta de liderazgo unidas a los sucesivos fracasos tácticos a lo largo de la primera mitad de la legislatura.

Al comienzo con la deslegitimación de la moción de censura y luego del nuevo gobierno de coalición, una estrategia de gobierno corto o paréntesis que se desinfla con la aprobación de los primeros presupuestos, más tarde el guiño táctico hacia la moderación frente a la moción de censura de Vox, para volver de nuevo a la estrategia de deslegitimación, criminalización y desestabilización al rebufo del negacionismo vergonzante de la ultraderecha frente a la gestión de la pandemia, aprovechando la oportunidad de la moción de censura en Murcia para eliminar la competencia electoral de Ciudadanos y girar una vez más al centro con el desbloqueo de la renovación institucional (con la significativa excepción del CGPJ), y volver, después de la aprobación del segundo presupuesto, a la táctica de confrontación con la fracasada conspiración parlamentaria contra la convalidación de la reforma laboral, culminando finalmente con la frustración de las expectativas en las elecciones en Castilla y León entendidas éstas como trampolín de la derecha hacia las elecciones generales, con el magro resultado de la sustitución de la coalición con Ciudadanos por la dependencia tóxica de la ultraderecha.

Por otra parte, el capital electoral se reduce al triunfo de la continuidad del modelo Feijóo de centro derecha en Galicia y por contra a la estrategia populista de Ayuso de la mano de la ultraderecha en las elecciones adelantadas del mes de mayo en la Comunidad de Madrid y que la convierte en el principal referente de la refundación trumpista del PP en España. Hay quien atribuye a esta década populista y a su modelo personalista de partido, que unido al periodo de distanciamiento social de estos dos años de pandemia, ha influido en el predominio de la táctica sobre la estrategia y del golpe de mano frente al diálogo para la solución de los conflictos.

En este contexto, es en el que el aparato intenta un golpe de mano, está vez dentro de casa, para evitar que Ayuso controle además la organización del PP de Madrid, que podría ser un primer paso para condicionar y en su momento sustituir a Casado como candidato a la presidencia del gobierno. En definitiva, se trata de que pase la pelota del trumpismo pero no la jugadora Ayuso. Para ello el aparato utiliza del comité de ética para investigar un contrato del hermano de la presidenta, al estilo de una suerte de asuntos internos, y comete de nuevo el error de agitar la soga de la corrupción en casa del ahorcado, como en el anuncio de la venta de la sede de Génova, está vez en los contratos públicos, como instrumento de chantaje. Un asunto que sigue siendo un tabú para el PP de siempre y sobre todo se ha podido ver como una amenaza de intervención futura para los barones ejercientes en los gobiernos autonómicos y municipales.

Esa es la razón por la que ex ministros del viejo PP se alían con el gabinete de Isabel Ayuso y los medios de comunicación más afines a la Presidencia de la Comunidad de Madrid para hacer estallar públicamente la investigación interna y el chantaje de la dirección de Casado, convirtiendo un caso de supuesta corrupción de Ayuso en una chapucera conspiración palaciega urdida desde la dirección de Casado en la calle Génova. Un juego sucio creíble, sobre todo por el intento fallido de contratar una agencia de detectives con la complicidad de sus tentáculos en el Ayuntamiento de Madrid. Lo que no es en absoluto creíble es el ánimo depurador de la dirección del PP de Génova en contra de la corrupción.

La respuesta de la dirección es desmentir contra toda evidencia el intento de espionaje y de chantaje, y sin embargo admitirlo en la práctica con los hechos, tanto de la dimisión del coordinador de la alcaldía Carromero como del anuncio de abandono de la portavocía nacional por parte del alcalde Almeida. Para ratificarlo, en una huida hacia adelante, dando por hecho la actuación irregular insinuando incluso la corrupción de la presidenta Ayuso en medio de la tragedia de la pandemia, esta vez por boca del presidente Casado. A partir de este momento, el enfrentamiento ya no es solo del aparato frente al gobierno de la Comunidad, sino que se eleva a la disyuntiva entre Casado y Ayuso, convertida en algo público e irreversible. En definitiva, en una guerra abierta en la que al final solo caben vencedores y vencidos y en la que no existe la salida del armisticio, un conflicto público que pone en peligro la supervivencia del partido popular.

La réplica de Ayuso, reconociendo y normalizando las relaciones comerciales de su hermano con la empresa contratada cómo algo legal, aportando datos concretos sobre la comisión cobrada, habida cuenta el relativismo moral sobre la corrupción que ya forma parte de la identidad del PP, desarma definitivamente la estrategia inculpatoria del aparato de Casado, que finalmente o no tiene pruebas en contrario o bien no se atreve a desmentir. Otro error de cálculo catastrófico que demuestra que la política no es solo un juego de tronos.

La reunión posterior entre los contendientes, forzada por los barones, finaliza con la retirada unilateral e incondicional del expediente y la rendición del aparato de Casado, pero sin ningún compromiso equivalente por parte de la presidenta Ayuso, como no sea su ambigua retirada a la presidencia de la organización de Madrid y el envío de lo ya conocido del contrato de las mascarillas a la fiscalía. Llegados a este punto, los barones tampoco se dan por satisfechos y se ponen del lado de la presidenta Ayuso al igual que los manifestantes, alarmados ante las consecuencias de la imagen de crisis del partido, pero sobre todo ante el riesgo de una renovación sin su control, atribuyen la responsabilidad en exclusiva a la dirección de Génova y personalmente a Casado e instándole a una solución rápida y drástica. Su dimisión.

Como consecuencia, la reunión habitual de los Lunes del comité de dirección, que se pretendía convertir en un cierre de filas de los incondicionales de Casado, cambia de naturaleza sobre la marcha y sirve por contra para poner en evidencia la división de la dirección y la extrema debilidad de su presidencia en la que ya no basta siquiera con la cabeza del lugarteniente Egea.

Con ello, los barones se imponen al aparato, rompen su cohesión y ponen en marcha la sustitución de Casado, forzando la reunión urgente de la junta directiva nacional para la convocatoria de un Congreso extraordinario. Una dirección que ya no tenía ejército se divide y se queda sin los apoyos territoriales. Los barones son ahora el auténtico poder y el vértigo su acicate.

En definitiva, la dirección de Génova ha hecho suya la estrategia trumpista que ha triunfado en Madrid, incluidos sus giros tácticos oportunistas y los métodos conspirativos, incluso frente al enemigo interno, aunque no ha sabido calibrar la respuesta del adversario ni la manga ancha del partido con la corrupción, y por el contrario ha minusvalorado el vértigo de unos y otros ante la crisis y la división interna.

En todo caso, el Congreso extraordinario tampoco parece que vaya a afrontar la necesaria catarsis frente a la corrupción ni a despejar la estrategia del PP, tanto como alternativa de gobierno como frente a la competencia de la ultraderecha. La posible alternativa seguirá polarizada entre la moderación del centro derecha de Feijóo y el radicalismo trumpista de Ayuso. Veremos.

 

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.


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