A partir de la crisis de las referencias ideológicas tradicionales, en Europa, lo que había sido la izquierda revolucionaria adoptó el conglomerado de posiciones que provienen de la configuración del pensamiento posmoderno, especialmente desde 1968. En lugar de situarse al lado de la Modernidad, del racionalismo y de la visión colectiva que emanaba de la Ilustración y de la Revolución Francesa, se apuesta por una filosofía que rechaza el concepto de verdad objetiva e historicidad, y que atribuye a los pensadores ilustrados el origen de las formas políticas totalitarias y de todos los males ocurridos y provocados por el mundo occidental a lo largo del tiempo. La extrema izquierda asume la paradoja de defender medios y objetivos autoritarios para el triunfo de planteamientos fundamentalistas y dogmáticos, justamente en nombre de superar lo que, afirman, es el poder omnímodo del Estado. Estamos ante una visión del mundo que se construye entre 1960 y 1980, especialmente en Francia, y que pasa a tener presencia e incluso hegemonía en las grandes universidades norteamericanas y que, desde allí, regresará a Europa convertida en una cultura social que induce fuertemente al activismo. Un mundo que gira en torno a los agravios sociales y culturales y que pretende convertir la lucha política en una confrontación por la hegemonía cultural, simplificando mucho los planteamientos de Gramsci, centrándose en marcadores identitarios de género, sexualidad, raza..., y muchos otros. Se deja en segundo plano, o directamente se obvia, toda referencia a las desigualdades socioeconómicas o al conflicto inherente a una sociedad dividida en clases.