Me he pasado la vida desde pequeñita soportando castigos y castiguitos, sin comprender la razón, pero siempre castigada en la clase, era yo un poco zangolotina en la época. Las monjas lo hacían como extensión deportiva, porque tenía la costumbre de comer a escondidas cualquier cosa: magdalenas, galletitas, caramelillos, chucherías...¡qué se yo!, llevaba en el babi, arsenales de cositas que luego me las confiscaban y digo yo, que se las comían porque no creo que las tirasen a la basura. Me daba bastante rabia ese robo directo y consentido a mis cosas, la verdad sea dicha. Igualmente sigue sucediendo hoy, las manías se heredan, ya lo veo, y eso de rebelarse contra las reglas y normas tiene su aquel y uno de mis hijos -recuerdo- se llevaba también cosas a escondidas, no comida, sino enseres, gadgets y cree que en su colegio cuando le quitan los profes sus canicas, pistolillas, tirachinas y demás pues que luego se ponen a jugar a escondidas entre todos los miembros del personal educativo, profes, bedeles y tal. Se los imagina a batalla campal cuando está el cole vacío, lo que yo le digo: ¡No te queda na, criatura!