La ausencia física de Ernest Lluch no nos priva de su constante presencia intelectual, de su influencia en la política social española. El próximo 21 de noviembre harán veintidós años que ETA asesinó a Ernest Lluch. Para mí, su recuerdo es conmovedor y de gratitud. Venía a menudo a Baleares: tanto a nuestra universidad, donde impartió cursos de doctorado; como a Fornells, en Menorca, donde algunos veranos tenía alquilada una casa frente a la Iglesia. Nos veíamos aquí, en Barcelona y en Santander, cuando él era Rector de la UIMP. Se le echa muchísimo de menos: sus comentarios políticos, científicos, lúdicos, desplegando sabiduría y sentido del humor; te explicaba anécdotas que no sabías si creer, situaciones esperpénticas que decía haber vivido junto a personajes conocidos, mientras el resto de la mesa lo escuchábamos sin convencimiento pero con escéptica credulidad. Pero siempre aportaba rutas de entendimiento, sea cual fuere el problema que se tratase.