Una vez conocidos los resultados oficiales de las elecciones de Alemania, se vislumbra, como ya ocurrió en Francia, un horizonte de gobernación inestable a causa de la crisis persistente de los partidos tradicionales y el crecimiento de las fuerzas políticas rupturistas, AFD y DIE LINKE, que representan algo más de un tercio del nuevo Bundestag. Parte del establishment se consuela con el señuelo de la gran coalición entre conservadores y socialistas, como alternativa a los decepcionantes resultados, para mantener aislados a los grupos parlamentarios que han capitalizado el descontento creciente de millones de alemanes, aherrojados por la crisis económica y social causada por políticas desacertadas durante más de una década. El gobierno saliente, capitaneado por el partido socialista, heredó tales políticas y, a pesar de sus intentos para remediar los males de las mismas, no ha podido cambiar la oleada de desafección, porque su coalición gubernamental era muy frágil y contradictoria. Si a ello se añaden los estragos de la guerra de Ucrania, lo ocurrido en las elecciones tiene una clara explicación. Por ello, debería imponerse una reflexión muy seria de los afectados, especialmente el SPD, para recuperar sus principios y dotarse de un modelo alternativo al que se pretende mantener que, lamentablemente, está en las raíces del descontento no sólo en Alemania, sino en el resto de la UE.