Con el cuerpo sobre el asfalto y una piedra por almohada duermen niños agotados. Otros se extienden a lo largo del arcén de la carretera que flanquea el campo hoy abrasado. En ese arcén una mujer, pañuelo negro cubriendo la cabeza y encorvada sobre sí misma, da vueltas con un palo a algo que parece un guiso en una marmita. Cerca, una larga cola de personas de todas las edades esperan pacientes bajo un inclemente sol y rezan a algún dios pagano para que, después de tan larga espera, tres o cuatro horas, cuando el turno les llegue aún quede algo, aunque sea un resto de lo repartido. Otros tantos vagan sin saber adónde ir, desorientados, perdidos. Más allá, una madre amamanta a su bebé. A su lado, una niña de corta edad se agarra a su falda y, entre llantos, pide comida. Otro enseña a un fotógrafo la cicatriz que cubre su torso mientras asegura que la bala que la produjo aún está dentro de su cuerpo…