A veces pienso que el diarista es el carterista de la literatura, o el chulo que saca la navaja de hacer frases y las sirve a la hora de la cena. A veces pienso, yo que solo escribo diarios como apuntes, sin hilván literario, que es diarista quien en literatura no puede ser otra cosa, aquel a quien le falta genio para levantar una novela, erudición para redactar un tratado, cultura e inteligencia para hacer un ensayo, gracia para la poesía o penetración para filosofar. Otras veces pienso que el autor de diarios es el más puro creador literario, el tipo que sabe que su libro no se disputará un sitio entre los más vendidos; incluso quienes le lean con interés le reprocharán su entrega al género y le exigirán una novela; entonces, el pobre diarista dirá que no le interesa la narrativa o argüirá que el diario es una suerte de novela o, quizá, se verá forzado a escribir una novela, salvo que el diarista sea previamente un novelista genial.