Si veinte años no es nada y febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra, ochenta años son cuatro veces nada, y es la constatación de que es un soplo la vida, aunque cuando se tienen veinte años uno es infinito. Pepe Domingo Castaño, que también tuvo veinte, es ese hombre que hoy se multiplica por cuatro en el micrófono, figura o estrella de la radio desde aquellos tiempos antiquísimos y dorados en que la SER era la Sociedad Española de Radiodifusión, Guillermo Sautier Casaseca escribía best sellers en el aire, y Matilde Conesa, Eduardo La Cueva, Pedro Pablo Ayuso y Juana Ginzo formaban el start system del Hollywood radiofónico. Pepe Domingo Castaño, que entonces se hacía llamar José Domingo, porque la juventud es a veces más formal que edades más tardías, había llegado desde su Padrón natal, con un máster radiofónico en Radio Galicia, después de dejar atrás el seminario, del que casi sale ordenado fraile, con un revoltijo de sueños en su cabeza yeyé, una voz cálida y vibrante, y un verbo resuelto en torrente. La música fue la isla desde la que rompió cuarenta corazones sin freno ni marcha atrás y en la que se hizo grande junto a pioneros como Joaquín Luqui. En su libro de memorias “Hasta que se me acaben las palabras”, el locutor cuenta las dudas con que vivió su marcha a Madrid, porque en Santiago, en poco más de dos años, se había hecho un nombre, casi un renombre, pero necesitaba dar el salto y se vino a la capital, mano sobre mano, a vivir de su voz, en un tren nocturno que salió de Santiago en 1966 y llegó a Madrid en 1967. Aquella fue la nochevieja más extraña de su vida. Según cuenta, salió de Santiago en medio un aguacero fabuloso. La verdad es que en muchas páginas del libro de Pepe Domingo diluvia, como si Santiago se hubiera disfrazado de Macondo.