El mundo actual, más que por territorios, está conformado por ciudades. Grandes urbes que reúnen a buena parte de la población, que configuran un nódulo en los flujos globales de recursos, información, tecnología y conocimiento. Las ciudades globales (Londres, París, Barcelona, Nueva York, Madrid, Ámsterdam...) aspiran a la totalidad de las energías de los territorios a los que no dejan ni población, ni oportunidades y menos protagonismo. Los estados-nación son una especie de rémora antigua. La competencia global es entre ciudades, las cuales pugnan por hacer de escaparate y atraer turismo de élite y economía del conocimiento, aparte de ser un referente de cultura y de grandes eventos mundiales. A menudo, detrás del esplendor que brindan hay muchas miserias, sufrimientos, expulsiones de la población hacia los márgenes y los problemas irresueltos son multitud. Barrios degradados que coexisten con procesos de gentrificación, falta de viviendas, turistificación insoportable, falta de servicios, pérdida de bienestar de sus ciudadanos, déficit de atención... Tras las lentejuelas de resultar ciudades deseables y deseadas, de representar el cosmopolitismo y la modernidad, hay gente que tiene que irse, las bolsas de miseria aumentan o no hay actividades económicas más allá del turismo. Las ciudades han pasado a ser para sus dirigentes y por las clases dominantes que cortan el bacalao, meros escenarios en los que exhibir grandezas que, en realidad, no se tienen. Destinos obligados en un mundo de movimiento acelerado y continuado en la conquista de fotografías para colgar en Instagram. Ciudades que, como las estrellas brillantes del music-hall, tienen una triste historia y una deprimente realidad cuando descienden del escenario. El marketing ya ha sido despojado de ser un puro instrumento para dar a conocer para constituirse en un fin en sí mismo.