Con reservas sobre cómo acabe la formación del Gobierno en Francia, la caída de Michel Barnier nos proporciona algunas enseñanzas que pueden ser extrapolables a otros países y a otros continentes. Como es sabido, y yendo más allá de los errores de Macron por disolver la Asamblea Nacional después de las elecciones europeas, lo que ha ocurrido en Francia nos muestra unas tendencias preocupantes en los partidos conservadores tradicionales en todo el mundo. Dicho en pocas palabras, ante la tripartición de la nueva Asamblea Nacional (Nuevo Frente Popular, derechas tradicionales y Rassemblement National de Marine Le Pen), Macron prefirió formar un Gobierno minoritario de diversas derechas (incluido su partido, La République en Marche) antes que nombrar Primer Ministro a un representante del Nuevo Frente Popular, que en todo caso hubiera tenido que llegar a acuerdos con el partido de Macron. Todo ello para evitar que volviera a haber un Primer Ministro de izquierdas. Macron prefirió un Gobierno entre derecha y extrema derecha que estaba prisionero de Le Pen y a la que hizo toda clase de guiños y gestos amistosos. No le sirvió de nada, porque Le Pen, con buenos resultados en las elecciones europeas de junio y muy bien situada en todos los sondeos, ha preferido dejar caer a Barnier para demostrar que, o gobierna con todas las de la ley, o no apoya a otras derechas que, por otra parte, considera tibias.