El individualismo, cierto grado, es consustancial tanto a la sociedad liberal-democrática como al funcionamiento de la economía de mercado. Pero lo que era un individualismo moderado en la primera modernidad y en tiempos de predominio del sistema de correcciones del Estado de bienestar, fue desplazado a partir de la recuperación de la hegemonía neoliberal por un individualismo total, sin ningún sentimiento de colectividad y carecer de cualquier obligación hacia objetivos compartidos. Un individualismo que ha generado la primacía de la egolatría, el narcisismo como centro de gravedad de la existencia. La personalidad y la satisfacción proviene de magnificar y convertir en perpetuo el acto de consumo. Las posibilidades de caer en la tentación del consumo, entendido éste como falsa satisfacción, son ininterrumpidas y omnipresentes. Este capitalismo de seducción basado tanto en lo material como en lo inmaterial ha creado un mundo nuevo. Se han derrotado las antiguas formas de pertenencia colectiva, se han derribado las ideologías emancipadoras y el sentido moral de la primacía de lo común. Todo deseo debe ser satisfecho de inmediato. Un éxito, un producto, una distracción, sustituye a otra. Todo es rápido, transitorio, fugitivo y contingente. Juego, ocio y comercio se combinan y recombinan sin aparente separación. De hecho, han perdido importancia los objetos para ganar posición a la economía de la experiencia. La publicidad ya no hace demostraciones, proporciona emocionalidad, seducción, espectáculo y fantasía.