Decía Vicente Huidobro que los adjetivos cuando no dan vida, matan. Creo que tiene fundamento la advertencia del poeta chileno, quien sigue su aserto con precisión, basta leer el prefacio de su libro Altazor para comprobar la potencia de su imaginación, poco tocada por el abanico de colores de los adjetivos. Es verdad que con los adjetivos hay que tener cuidado, porque pueden dar brillo y gracia a la prosa, pero también pueden arruinarla. Hay escritores como Valle-Inclán que los usan con profusión, con frecuencia en triada, sin que su escritura se resienta, antes bien alcanzando vuelo de águila. Quizá yo mismo tengo apego a su cultivo y crecen en el huerto de mis textos con facilidad, de manera que a veces me planteo si no abusaré de ellos. Me he propuesto escribir esta columna arrancando cualquier yerba en función de adjetivo, dejando que vivan a sus anchas los verbos y los sustantivos, las preposiciones, las conjunciones y demás instrumentos de la orquesta sinfónica del idioma. Repaso lo que llevo, no encuentro adjetivos, y debo estar en mitad del segundo cuarteto.