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Crítica siempre, insulto nunca

Las tendencias al linchamiento como arma de descalificación personal van cobrando cada vez más arraigo en las prácticas mediáticas y políticas. Parece como si la crítica objetiva, contundente pero respetuosa con la persona y desprovista del insulto, resultara ser una quimera en la esfera de la vida pública. Tales tendencias al acoso personal esconden casi siempre pulsiones odiosas, signadas por prejuicios ideológicos, racistas, xenófobos, clasistas, supremacistas y/o etnocéntricos. Basta comprobarlo observando con cierta atención el tenor de lo que se vierte hacia el exterior desde las cabeceras de tantos medios que han olvidado los sustantivos a la hora de titular sus informaciones, para sustituirlos por toda una gama de adjetivos hirientes, descalificadores y humillantes. Otro tanto ocurre con la mayoría de los discursos políticos, parlamentarios o con declaraciones de exponentes judiciales al uso. Insultar no forma parte de la libertad de expresión, debiera tenerlo en cuenta tanto personaje público, con o sin toga.

Ha vuelto Fantomas

No me refiero al personaje literario francés, villano de tantas novelas, ni al del primer cine mudo; ni tampoco al protagonista, en los años sesenta, de varias películas protagonizadas por Jean Marais, perseguido por el espasmódico Louis de Funes, sino a un personaje, igualmente gesticulante, de la política regional, que trata de oscurecer la investidura del socialista Salvador Illa como President de la Generalitat. Y lo hace para atraer la atención del público, como si fuera el mismísimo Gran Sebastián reclamando la pista central del Circo Barnum. Los mayores me entenderán, y los jóvenes, que vayan al cine y se dejen de “influencers”.

¿La penúltima rabieta de Puigdemont?

Puigdemont se tiene a si mismo por un valeroso auto-exilado cuyo épico retorno tiene tintes heroicos. Contra lo que hicieron sus correligionarios, eludió rendir cuentas ante la justicia y se fugó dentro de un maletero. Ha vivido siete años impartiendo doctrina desde Waterloo en un cómodo palacete. Proclamó la República Independiente de Cataluña durante un instante y pretende volver a ese lugar imaginario, pese a que las urnas no han respaldado mayoritariamente al independentismo.

Charada sangrienta en el Medio Oriente

Incógnitas sin resolver oscurecen la interpretación cabal del asesinato en Teherán de Ismail Haniyeh, líder de la organización político-militar palestina Hamas. Su asesinato, el 31 de julio, en la residencia oficial teheraní donde se alojaba como invitado a la toma de posesión del nuevo presidente iraní, Masud Pezeskhian, sobrevino apenas mes y medio después de la muerte, el 19 de mayo, en un supuesto accidente aéreo de Ebrahim Raisi, presidente de la República Islámica de Irán, cuando éste regresaba de un viaje al vecino país de Asarbayán, donde había inaugurado una presa hidroeléctrica. ¿Hay conexión entre estas dos muertes? Es la pregunta a despejar ya que ambos conciernen a Irán, un Estado islámico que ocupa una posición preminente en el atribulado rompecabezas geopolítico del Medio Oriente, que asiste a la destrucción de Gaza a manos de Israel, principal Gobierno sospechoso de inducir, si no de asesinar, a ambos dirigentes.

Illa, maravilla

Con los Juegos Olímpicos de cuerpo presente, permítase la concesión a la terminología política del modismo habitual en el fútbol de recordatorio a un futbolista al que la desinencia de “illa” acompaña a maravilla para disfrute del aficionado. Salvador Illa parece haber pasado los sudores y los quinarios oportunos para poder ascender a la condición de molt honorable president de la Generalitat de Catalunya, al lado de los otros honrables de la especial colina de los presidentes, el Monte Rushmore de Catalunya, llena con los nombres de Maciá, Companys, Tarradellas, Pujol, Maragall, Montilla, Mas, Puigdemont, Torra y Aragonès.

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