Tal vez la abulia, la pasividad, sea la característica más extendida hoy en la sociedad española y occidental. Pareciera que la mayor parte de los ciudadanos -personas conscientes de sus derechos y cumplidora de sus deberes- se vieran sometidos a un sopor que, por distintas razones, les hubiera apartado de la vida política y social. Salvo excepciones, honorables o desaforadas, este desinterés a la hora de ejercer derechos y deberes tan difícilmente conseguidos por dos generaciones anteriores, se ensancha peligrosamente ahuecando hoy el significado de la existencia social. ¿Qué fue del entusiasmo aquí por la libertad, por participar activamente en su conquista y extensión emancipadoras? ¿Qué ha sido del compromiso individual y colectivo con el bien común y la democracia participativa, con el respeto por la esfera de la vida pública, con el cumplimiento de los deberes cívicos, con la crítica razonada y con la exigencia de tantos derechos hoy semiolvidados y tantos deberes cívicos ahora incumplidos? ¿Dónde están las causas de toda esta desafección en la que solo el insulto y la descalificación circulan desbocadamente por doquier, como doloroso paliativo de una vida social y verdaderamente política casi inexistentes?