Nuestro nivel de ingresos, el trabajo que desempeñamos o las condiciones materiales de nuestro hogar podrían estar afectando a la salud mental de nuestros hijos e hijas sin que seamos conscientes de ello.
La conducta suicida constituye un grave problema social y de salud pública en todo el mundo. Cada año fallecen más de 700 000 personas por suicidios en todo el planeta y el número de casos no mortales es unas 20 veces mayor. Junto a la pérdida de vidas humanas, los suicidios tienen un impacto enorme sobre otras personas del entorno familiar, social, laboral o académico de las víctimas, así como sobre el conjunto de la sociedad.
Cualquier observador de lo que sucede a su alrededor en el día a día no puede dejar de sorprenderse por la increíble capacidad que tenemos los seres humanos (sin intención peyorativa: no hay nada más salvaje y animal que el ser humano) para engañarnos. En definitiva, engañarnos sobre los demás y mentirnos sobre nuestras propias intenciones. Lo contrario es casi convencional; eso de mentir a los demás y engañar sobre nuestras intenciones ya tiene la respuesta automática (según las inteligencias artificiales más avanzadas) de “a otro perro con ese hueso”; lo interesante es cuando siendo un hueso de similares características (una frase adorable, a que sí) el perro decide roerlo. Y no se raya por ser el hueso que ya royó.
Vacunar al planeta contra la COVID-19 supone un reto logístico sin precedentes como jamás ha habido otro. Lo más parecido sería movilizarse para una guerra mundial, pero en este caso el enemigo es invisible y está en todas partes.
A pesar de que habitualmente se la conoce como la vacuna de Pfizer, en realidad se desarrolló en asociación con BioNTech, una empresa con sede en Alemania.
Las botellas con el material genético se congelan, se empaquetan en recipientes sellados y se introducen en contenedores para ser transportadas en barco hasta Andover, en Massachusetts. Allí se procesa hasta convertirla en ARN mensajero, que es el ingrediente activo de la vacuna (también conocido como “sustancia farmacológica”).
Posteriormente el ARN mensajero se empaqueta en bolsas de plástico (cada una de las cuales cuenta con material suficiente como para producir diez millones de dosis), se congelan y son enviadas en barco hasta Kalamazoo, en Michigan, donde la vacuna afronta la última fase de su elaboración: formulación y llenado.
En primer lugar, se combina la sustancia farmacológica con nanopartículas de lípidos (que básicamente son grasa) para proteger el ARN mensajero y facilitarle la entrada en las células humanas. Después esta mezcla se introduce en viales de cristal, seis dosis por vial, que se empaquetan y se congelan para su distribución.
Acabo de describir el proceso simplificado en solo tres pasos. Sin embargo, elaborar una vacuna es mucho más complejo, ya que requiere de más de 200 materiales diferentes que han de ser aportados por fábricas dispersas por todo el mundo.
Las cajas específicamente diseñadas de Pfizer usan hielo seco para mantener los viales de las vacunas a temperaturas extremadamente bajas.AP Photo/Morry Gash, Pool
Mantenimiento de los viales a temperaturas extremadamente bajas
Pfizer diseñó sus propias cajas refrigeradas para facilitar el transporte de sus vacunas por Estados Unidos y por el mundo. Los viales se depositan en bandejas, 195 en cada una, y cada caja puede contener cinco bandejas. Cada caja contiene por tanto 5 850 dosis, y posee además un localizador GPS y un monitor que indica la temperatura.
Las cajas de Pfizer no requieren de más equipo especializado para transportar las vacunas, y para mantener la temperatura ultracongelada en las cajas durante el transporte basta con usar hielo seco, que ha de reemplazarse cada cinco días.
El problema del hielo seco es que se trata de dióxido de carbono en forma sólida. El hielo se va convirtiendo poco a poco en gas, lo que puede ser peligroso si no existe una ventilación adecuada.
Una vez que el cargamento está listo para su envío a un determinado destino, Pfizer se pone en contacto con una de las empresas de transporte global con las que tiene acuerdo de colaboración, como DHL o UPS, que recogen un número determinado de cajas y en uno o dos días las lleva por vía marítima directamente al país indicado.
Los países de destino deben poseer infraestructura de almacenamiento a temperaturas ultracongeladas (como este almacén de Turquía) para poder recibir dosis de la vacuna de Pfizer.Turkish Health Ministry via AP
La última milla del vial
Para que un país pueda recibir vacunas de Pfizer debe contar con capacidad para almacenar material médico a temperaturas extremadamente bajas.
Y mientras que esto no supone un problema en los países ricos, sí lo es en los pobres, donde hay menos infraestructuras de este tipo.
Cuando la carga llega al país de destino ha de mantenerse a temperaturas bajas, la mayoría de las veces en un aeropuerto o en una infraestructura de almacenamiento, hasta que llega el momento de usarla. Las vacunas deben guardarse a temperaturas ultracongeladas hasta al menos un mes antes de ser inoculada en el hombro de una persona.
En países pobres que cuentan con la infraestructura necesaria, como Bangladesh, la distribución se limita aún así a un selecto puñado de hospitales situados en grandes áreas urbanas en las que existen instalaciones de ultracongelación. Por ejemplo, Bangladesh distribuye la vacuna de Pfizer solo en siete hospitales de su capital, Dhaka.
El viaje congelado de la vacuna de Pfizer es solo una parte del proceso que termina cuando la persona recibe su pinchazo. Existen una serie de suministros secundarios para la vacunación que incluyen jeringuillas especiales capaces de administrar dosis de 0,3 mililitros, agujas, parches de alcohol estéril y equipos de protección personal para los sanitarios que administran la dosis.
Preparar la inyección de Pfizer es un proceso complejo. En primer lugar, el personal de enfermería debe licuar las vacunas en un refrigerador a una temperatura que oscile entre los dos y los ocho grados, donde puede llegar a estar hasta 31 días. Justo antes de la vacunación, se ha de poner el vial a temperatura ambiente (es decir, entre dos y 25 grados), una temperatura a la que la vacuna puede conservarse como máximo seis horas.
El hecho de que en muchos países de ingresos bajos y medios se utilicen jeringuillas de un solo uso que capturan una cantidad fija de dosis supone una complicación adicional. En condiciones normales esto evita errores. UNICEF es la encargada de entregar equipamientos médicos adicionales a los países pobres; unos países que están obteniendo sus dosis a través de COVAX, la iniciativa global creada para distribuir las vacunas contra el COVID-19 en Estados de ingresos medios y bajos.
El último paso del proceso antes de la inoculación pasa por diluir la vacuna en una solución salina para crear dosis de 0,3 mililitros.AP Photo/Jae C. Hong
Un logro inmenso
Hay otras vacunas que exigen una cadena de frío mucho menos exigente, que no necesitan diluirse y que aceptan jeringuillas con tamaños de dosis estándar, lo que permite que puedan ser usadas en más países, e incluso en áreas rurales.
La mayoría de las vacunas aprobadas por la Organización Mundial de la Salud, como las de AstraZeneca o Johnson & Johnson, toleran un almacenamiento a baja temperatura convencional, de entre dos y ocho grados.
Me he centrado en Pfizer en buena medida porque la mayor parte de las dosis donadas por Estados Unidos al COVAX han sido producidas por esta empresa.
Hasta el 6 de diciembre de 2021 se habían administrado 8 000 millones de dosis de vacuna contra la COVID-19 en todo el mundo, un hito inimaginable en otoño de 2020. Pero la cobertura mundial está siendo enormemente desigual. Mientras que en los países de ingresos altos gran parte de la población ya ha sido vacunada, solo el 6,3% de la población de los países pobres ha recibido sus dosis. Y la mayoría de estos países se encuentran en África.
Pero crear cadenas de suministros que hagan posible la entrega de estas vacunas que salvan vidas a personas dispersas por todos los rincones del mundo supondrá un logro igual de colosal.
Ravi Anupindi, Professor of Technology and Operations, University of Michigan
Olga Prado Fraguas tiene 62 años y hasta hace apenas tres era habitual verla correr en competiciones de atletismo. Era su afición, hasta que en 2019 la ELA se cruzó en su camino. Desde entonces sale poco y, para hacerlo, debe valerse de su silla de ruedas.
Dicen que todas las buenas historias tienen un conflicto, y en este equipo había conflicto para rato. Los dos economistas estaban convencidos de que el “teorema del acuerdo”, un resultado central en economía, tenía que cumplirse también en el mundo cuántico. Pero para sus tres colegas de tecnologías cuánticas era imposible que se cumpliera. No querían involucrarse en un proyecto destinado al fracaso.
El día 1 de diciembre se conmemora el Día Mundial de la Lucha contra el Sida. Este es un día en el que el mundo se une para apoyar a las personas que viven día a día afectadas por el VIH. Pero también para recordar a quienes tristemente han fallecido a lo largo de los años por enfermedades relacionadas con el sida.
La facilidad con la que actualmente se difunden los mensajes de todo tipo y la docilidad con la que se asumen por la inmensa mayoría de la población sin una mínima reflexión, nos llevan a hacer algunas consideraciones sobre el pensamiento crítico entendido como la facultad de una persona para pensar con claridad y raciocinio e implicarse en un pensamiento independiente, en lugar de actuar como un mero receptor de información.
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