Esta expresión latina procede de una doctrina filosófica antigua donde se justificaba la inexistencia del vacío para la configuración del cosmos, tesis que vino a despertar desde el principio el deseo de una demostración científica sobre su contrario. Aristóteles lo justificaba en su Física, abriendo camino a filósofos y empíricos, a Descartes, Newton, Pascal y varios más sobre todo en la Edad Moderna. Desde el mundo del Arte, aunque la expresión no aparece hasta casi el siglo XX, en mano de Mario Praz, nos hemos acostumbrado a reconocer este recurso en muchos estilos artísticos, y de manera especial en la cultura del Barroco, aunque figura en representaciones de la Antigüedad, bien pictóricas, como escultóricas y de metales.