Cuenta San Agustín en sus Confesiones (398 d.C.) que el primer hombre a quien vio leer en voz baja fue a Ambrosio, obispo de Milán. “Cuando leía -dice Agustín- sus ojos recorrían las páginas y su corazón entendía su mensaje, pero su voz y su lengua quedaban quietas”. Anota el sabio de Hipona que ese descubrimiento le causó una profunda sorpresa. No era para menos, Ambrosio, que con el tiempo fue santo, está entre los iniciadores de una revolución silenciosa. Durante siglos se leía en voz alta. Hay que imaginarse lo que serían las bibliotecas de la antigüedad, verdaderos zocos, una suerte de Babel polifónica con los lectores levantando la voz y quiero suponer que en permanente movimiento, como locos entregados al conocimiento de los libros, a la vez que a sus oídos llegaban los saberes vecinos. En ese sentido, desde nuestra perspectiva contemporánea, la Biblioteca de Alejandría, el templo del saber antiguo por antonomasia, debía de ofrecer un espectáculo deslumbrante.