Las economías occidentales sufren procesos inflacionarios desbocados que, donde más donde menos, se acercan al 10% en la tasa interanual. Una mala dinámica. El resultado de un aumento de continuado de precios que devalúa salarios, ahorros y activos. En definitiva, nos hace progresivamente más pobres. Una de las preocupaciones siempre fundamentales de los gobernantes. Limita la estabilidad económica y la confianza de los inversores, así como la capacidad de los consumidores. Sobre todo, empobrece a los más débiles. Si la tasa anual no sobrepasa el 2% no sólo no es preocupante, sino que se considera saludable y activadora, pero a partir de ahí todo son problemas. Aumentar los tipos de interés para frenar la dinámica alcista de los precios es una solución tradicional, aunque con notorios riesgos. Lo ha hecho la Reserva Federal estadounidense dos veces estos últimos meses y de forma bastante contundente hasta llegar a tipos del 2,5%. Hay quien dice que el Banco Central Europeo, que lo hizo la semana pasada un 0,75%, va tarde y de forma demasiado modesta. No hay una varita mágica. Si estiras la sábana para tapar la cabeza, probablemente acabes por destapar los pies. Porque ese es el problema.