El Partido Socialista y los demás partidos políticos
- Escrito por La redacción
- Publicado en Déjà Vu
El Partido Socialista es la representación genuina del proletariado organizado en el terreno político, de la misma manera que el Sindicato es la expresión de la clase obrera organizada en el terreno económico.
Por lo tanto, no se puede considerar al Partido Socialista como un partido más, es decir, como la izquierda ó la extrema izquierda de los partidos políticos que en la actualidad existen.
Si se quiere colocar al Partido Socialista en el lugar que verdaderamente le corresponde, no hay que considerarlo ni á la derecha ni á la izquierda de ningún otro partido, sino enfrente de todos ellos.
En realidad, y á pesar de las diferentes denominaciones que adoptan las diversas agrupaciones burguesas, sólo existen dos partidos verdaderamente distintos: el partido que quiere conservar el presente estado de cosas, esto es, que defiende de un modo más ó menos velado los privilegios de los ricos, y el partido que quiere establecer un nuevo régimen social basado en el principio de la igualdad política y económica de todos los ciudadanos.
La burguesía figura en el primero de dichos partidos y el proletariado en el segundo.
El partido burgués es fatalmente conservador ó á lo más, reformista. El partido obrero, en cambio, es esencialmente revolucionario.
Con relación, pues, al Partido Socialista, la burguesía forma una sola y única masa reaccionaria de variados matices, comprendiendo desde el negro más pronunciado de los llamados absolutistas, hasta el rojo más vivo de los que se apellidan radicales.
Las diferencias entre los distintos partidos burgueses son todas de orden político, y por hondas que las mismas parezcan á primera vista, se desvanecen siempre cuando se trata de defender los intereses del capital. En cambio, las diferencias entre todos y cada uno de los partidos burgueses y el Partido Socialista son completamente irreductibles, puesto que dimanan de intereses, no tan sólo distintos, pero también antagónicos.
De ahí se sigue que si bien entre las fracciones burguesas pueden estallar conflictos que degeneren en guerras ó en revoluciones, tanto las unas como las otras no podrán nunca resolver más que una cuestión previa con relación al problema capital de la emancipación proletaria.
Para a resolver éste de un modo definitivo hay que ir á la revolución social, la cual sólo puede ser llevada á cabo por los obreros organizados en partido de clase, ya que únicamente la clase obrera tiene un positivo interés en cambiar el actual régimen económico y sólo ella cuenta con los medios necesarios para efectuar un tal cambio.
El Partido Socialista puede, sin embargo, aliarse en determinados momentos con los partidos avanzados de la burguesía para obtener una reforma política de gran transcendencia; pero en ningún caso puede pactar con ellos para conseguir su ideal de emancipación humana.
En el terreno político los socialistas prefieren la República á la Monarquía. Y no porque crean que con la primera la condición de los asalariados ha forzosamente de ser mejor que con la segunda, sino porque una vez implantada la República, la burguesía y el proletariado se encontrarán frente á frente, en línea de batalla, fatalmente abocados á dirimir una contienda que no puede ser eludida ni velada por las luchas que á menudo se suscitan alrededor de los intereses dinásticos.
A los ojos de los socialistas la República burguesa se presenta, pues, como el campo de batalla ideal en donde el proletariado puede mejor y con mayor ventaja medir sus armas con la clase que explota á los asalariados y que monopoliza el Poder político.
Este y no más es el valor que los socialistas atribuyen á la República burguesa, puesto que saben perfectamente que por muy democrática y radical que ella sea, no sólo tolerará, sino que hasta defenderá y amparará á los reyes de los campos, de las fábricas y de los talleres.
Y los socialistas—que en realidad son los únicos republicanos, ya que sólo ellos defienden la República integral—no se dan por satisfechos suprimiendo á los reyes de cetro y corona, sino que, además, quieren acabar con los tiranos que, en plena civilización, trafican con carne humana y fundan toda su preponderancia y toda su fuerza en la miseria de la gran masa.
(Vida Socialista, número de 27 de marzo de 1910).