Los reyes en el destierro
- Escrito por José García Villavicencio
- Publicado en Déjà Vu
Hoy, por una verdadera casualidad, he hablado con un marqués que ha ejercido alto cargo en Palacio y que hace poeta días se separó del ex rey don Alfonso en su destierro, y como cosa natural le pregunté cuál es la yida que hace aquella familia.
El, dando pruebas de una gran pena, me responde que son dignos de lástima, dada la situación por que atraviesan.
—Don Alfonso—me dijo—se ha vuelto muy poco comunicativo. Siempre está pensativo, y se interesa por las cosas de España. Su vida es de verdadero recogimiento y está desentendido de la política.
Doña Victoria no es conocida. Está muy delgada, y con frecuencia repite que jamás debieron abandonar Madrid. No asisten a diversiones, y sólo son acompañados por dos o tres aristócratas que los siguen en su destierro.
Las dos hijas también están desmejoradas, y recuerdan constantemente su Madrid, sus amigas, la alegría de su patria. Los infantes están recluidos en sus habitaciones, y sólo se dedican al estudio. La salud del primogénito está cada día peor.
Ahora comen diariamente todos juntos, cosa que antes sólo lo hacían los domingos, y todas las conversaciones recaen sobre España.
Cuando me despido de este título me dice:
---Recuerdo que en los últimos días del reinado de don Alfonso, una noche que en la Puerta del Sol dió una carga el Cuerpo de Seguridad, al llegar a Palacio se lo dije al monarca, y él quedó pensativo. Llegada la hora de la cena, después de la sobremesa, me pregunta el ex rey: «Dime, marqués, ¿qué ambiente se nota en Madrid?”
Yo comprendí que era necio querer engañarle, y le respondí con toda nobleza: «Señor, el pueblo está muy disgustado, y por todas partes se ven gentes que gritan y demuestran su disgusto.»
El quedó pensativo, y después de reflexionar un rato, me respondió: «Yo ya he hecho examen de conciencia y sólo me queda esperar.»
Esta es la vida de la familia que fué la dueña de España y hoy empieza a pagar su soberbia y el abandono en que siempre tuvo a la nación que los enriquecía y los halagaba”
(El Socialista, número 6977, 20 de junio de 1931.)