Educación socialista
- Escrito por Jean Jaurès
- Publicado en Déjà Vu
Un capítulo de nuestras ideas.
La primera condición de éxito para el socialismo es explicar á todos claramente su fin y su esencia, es disipar muchos errores creados por nuestros adversarios y algunos por nosotros mismos. ¿Qué es socialismo? La idea socialista es clara y noble. Nosotros afirmamos que la forma actual de la propiedad divide á la sociedad en dos grandes clases. La de los proletarios está obligada para vivir, para ejercer de algún modo sus facultades, apagar una especie de diezmo á la clase capitalista. He aquí una multitud de seres humanos, de ciudadanos, que nada poseen. No pueden vivir más que de su trabajo, y como para trabajar tendrán necesidad de costosos instrumentos de que carecen, vense obligados á ponerse á la disposición de otra clase que posee los medios de producción, el suelo, las fábricas, las máquinas, las materias primeras y los recursos monetarios acumulados. Y, naturalmente, la clase capitalista y propietaria, usando de su poder, hace pagar á la clase proletaria un gran censo. No se limita á recuperar los adelantos hechos por ella, á amortiguar el importe de los instrumentos. Del producto del trabajo obrero y aldeano se reserva todos los años é indefinidamente una gran parte: arriendo, renta del suelo, alquiler de inmuebles urbanos, renta del estado, renta de acciones y obligaciones, beneficio industrial y beneficio comercial.
El proletariado está mutilado.
De este modo, en la sociedad actual el trabajo de los proletarios no les pertenece por completo. Y como en nuestra sociedad, fundada en la producción intensiva, la actividad económica es una función esencial en toda persona humana, como el trabajo es una integrante de la personalidad de los proletarios, no les pertenece por completo. Enajenan una parte de su actividad, es decir, una parte misma de su ser en provecho de otra clase. El derecho humano está, pues, incompleto y mutilado. No pueden realizar un acto de la vida sin sufrir una restricción del derecho, esta enajenación de la persona. Apenas han salido de la fábrica ó la mina, donde han abandonado una parte de su esfuerzo para crear el dividendo y el beneficio; apenas han entrado en la pobre vivienda donde está abandonada su familia, nuevo impuesto, nuevo censo para mantener al casero. Al mismo tiempo, el impuesto de estado bajo todas sus formas, impuesto directo é impuesto indirecto, merma su salario ya dos veces mermado, no para proveer solamente á los gastos de civilización y de interés común, sino para asegurar el abrumador servicio de la renta, en provecho de la misma clase capitalista, ó para el mantenimiento de formidables é inútiles ejércitos. En fin, cuan do con el residuo del salario así cercenado, el proletario va á comprar los géneros necesarios á la vida diaria, ó bien por falta de suficientes medios se dirige al comerciante al por menor, sufre también la carga de toda una organización superabundante de intermediarios; ó bien, si se dirige á un gran almacén ó á un gran bazar, debe asegurar, además de los gastos directos de manutención y de repartición de la mercancía, el beneficio de 10 ó 12 por 100 del gran capital comercial. Como el camino feudal, obstruido y cortado á cada paso por derechos de portazgo, el camino de la vida está cortado para el proletario por los derechos feudales de todas clases que le impone el capital. No puede trabajar, ni alimentarse, ni vestirse, ni abrigarse, sin pagar á la clase capitalista y propietaria una especie de censo.
El trabajador no es libre.
Y no solamente es alcanzado en su vida misma, sino también en su libertad. Para que el trabajo sea verdaderamente libre es preciso que todos los trabajadores sean llamados por su parte á dirigirlo; es preciso que participen del gobierno económico del taller, como participan por el sufragio universal del gobierno político de la ciudad. Además, los proletarios representan en la organización capitalista del trabajo un papel pasivo. No deciden ni contribuyen á decidir qué trabajo se hará, qué empleo se dará á las energías disponibles. Sin consultarlos, y la mayor parte de las veces sin que ellos lo sepan, el capital creado por ellos inicia ó abandona tal ó cual empresa. Son los peones del sistema capitalista encargados de ejecutar los planes que el capital indica. Y estas empresas, concebidas por el capital, las ejecutan los proletarios bajo la dirección de los jefes elegidos por el capital. De este modo los trabajadores no concurren ni á determinar el fin del trabajo ni á regular el mecanismo de autoridad bajo el cual el trabajo se ejecuta. Es decir, que el trabajo es siervo dos veces porque va á fines que no ha deseado, por medios que no ha escogido. Así, el mismo sistema capitalista que explota la fuerza del trabajo del obrero atenta á la libertad del trabajador. Y la personalidad del proletario es disminuida con la subsistencia.
El obrero paga los vidrios rotos.
Pero no es esto todo. La clase capitalista y propietaria no forma una clase más que con relación á los asalariados. En sí misma, está dividida, desgarrada por la más áspera concurrencia. No ha llegado á organizarse, y por consiguiente á disciplinar la producción, á regularla según las necesidades variables de la sociedad. Y en este desorden anárquico es advertida de sus errores por crisis cuyas terribles consecuencias sufre á menudo el proletariado. Y es así cómo, por una iniquidad suprema, los proletarios son socialmente responsables de la marcha de la producción, que de ningún modo determinan. No ser libre y ser responsables, no ser siquiera consultados y ser castigados: he aquí el destino paradojal del proletariado en el desorden capitalista. Y si el capitalismo se organizase, si llegase por vastos trusts á arreglar la producción, no la arreglaría sino en su provecho; abusaría de este poder de unidad para imponer á la comunidad de los compradores precios usurarios, y los trabajadores no escaparían á las consecuencias del desorden económico más que para caer bajo el monopolio.”
(Vida Socialista, nº 132, 1912).