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Nuestro socialismo


  • Escrito por Enrique del Valle Iberlucea
  • Publicado en Déjà Vu
(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

“El Socialismo no es una simple teoría inspirada por el sentimiento. Es ante todo, en su forma colectivista, una doctrina científica. El «colectivismo», que, según ha dicho el elocuente Jaurés, es la «forma palpable y única» del Socialismo, está de acuerdo con la moderna evolución económica, con la marcha natural de la sociedad capitalista; no funda sus principios sobre el socialismo idealista en sentimientos humanitarios ó en palabras generales, tal como lo hacían los sistemas sociales que le precedieron en orden cronológico; tiene en los hechos su base, de ellos saca sus conclusiones y á ellos responden sus principios. Quiere esto decir que es real, concreto, en una palabra, positivo.

Sus autores, los ilustres apóstoles de la democracia social alemana, Carlos Marx y Federico Engels, que lo formularon en el «Manifiesto Comunista» de 1847, no divagaron ni soñaron al concebirlo: tomaron de la realidad sus puntales y no hicieron otra cosa que sistematizar las conclusiones inducidas de los hechos. Así, pues, el sistema colectivista, con su triple fundamento, el económico, el histórico y el filosófico, es simplemente para usar la expresión de quien escribiera el «anti-Durhin», el reflejo de la realidad en el pensamiento, ó, como ha dicho Millerand, «la secreción del régimen capitalista».

Informándose de la situación actual de las industrias, del comercio, de la agricultura, así como de su tendencia evolutiva, el Socialismo científico sostiene que en el mundo moderno se realiza una concentración de los capitales y de los medios de su producción. Esta resulta necesariamente del concurso de las fuerzas económicas, que imponen su ley á todas sus energías humanas, individuales ó colectivas.

La forma de la producción no es hoy la misma que en épocas anteriores. En la Edad Media, por ejemplo, el productor era propietario del instrumento del trabajo; producía de manera limitada, por la imperfección de sus herramientas, y con las restricciones que le imponían los señores, bajo todas formas, á las corporaciones de oficios, no aprovechaba en íntegro do las utilidades de su trabajo, pero sí de la mayor parte. Entonces era inherente á la forma individual de la producción, un modo semejante de apropiación y de cambio, un modo individualista.

En el régimen presente, caracterizado por el inmenso desarrollo de la burguesía, á causa del maquinismo y la concurrencia industrial, la producción no depende de la exclusiva voluntad de los individuos. Necesita del concurso de muchas fuerzas: del obrero manual, del mecánico, de) empresario y sobre todo de la máquina, ese esclavo de hierro. Obsérvese una fábrica, desciéndase á una mina, estudíese una empresa de transportes, y se verá que miles de obreros contribuyen á la confección de una mercancía, objeto de valor; que la hulla que utilizamos, ó las piedras preciosas que nos sirven de adorno, ó los metales destinados á la fabricación de la moneda y otros fines útiles son los productos que muchas manos encallecidas por el trabajo desentrañan de la tierra; que el ferrocarril que atraviesa el desierto ó el buque que navega por el Océano á impulsos del vapor, lo hace debido á la inteligencia inventiva de un Fulton ó de un Stapherson, al estudio de algunos hombres de ciencia, al esfuerzo de quienes lo construyeron, á la cooperación del maquinista ó del capitán que lo dirige y de los hombres de trabajo que lo secundan.

Todo demuestra que la producción es colectiva en el régimen capitalista; pero, en cambio, el modo do apropiación es diferente; continúa siendo individualista, como lo era en los regímenes sociales en que bastaba la habilidad de una persona para crear un objeto de valor. De ahí una antinomia, usando el lenguaje de Proudhon, en la sociedad capitalista. Esta contradicción entre el modo de producir y el sistema de apropiación no puede ser eterna; sólo constituye uno de los tantos períodos de la evolución social; es sólo el resultado transitorio de la transformación súbita de la producción individual en producción colectiva. Toda la cuestión social está en el conflicto económico que existe en la actualidad entre la «producción colectiva» y la «apropiación individual», y el Socialismo predice que desaparecerá cuando madure la evolución de las cosas y de los hechos sociales, para completarse armónicamente la forma de la producción moderna con la «socialización de la propiedad».

(Vida Socialista, número 85, 13 de agosto de 1911).

Enrique del Valle Iberlucea (1877-1921) fue un cántabro que desarrolló toda su vida en Argentina, siendo el primer senador socialista de América, además de abogado y periodista.


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