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El gran pecado de las clases conservadoras


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

“¿Y qué hacen las derechas españolas? ¿Cómo actúan en la República para cumplir su función social, no otra que la de dar al nuevo régimen un sentido de mesura y templanza, acomodando la transformación del país a las posibilidades nacionales?

Las que podrían llamarse las derechas españolas se encuentran actualmente en una actitud semejante a la de las Izquierdas en el antiguo régimen. Es aquella actitud a la que se ha aplicado la calificación de critica negativa. La apatía política es un vicio añejo de las clases directivas españolas, de nuestra burguesía, de lo que se ha llamado la clase neutra. Y esta apatía, fatal siempre, lo es más aún en un régimen democrático en el que todas las clases y tendencias intervienen por igual.

Porque no debe olvidarse esto. Las clases directoras españolas ha de tener en cuenta que la República significa. Irremediablemente, la accesión al Poder de clases que hasta ahora estaban excluidas de él. Esto hace que su situación no sea tan cómoda como antes, pero no justifica en manera alguna su apartamiento sistemático del régimen. La República es un recipiente que admite diversos contenidos y estará teñida del color de las clases que intervengan en ella, de los que superen la actitud negativa de crítica y murmuración y se organicen para colaborar activamente y para impedir que el nuevo régimen, falto del necesario contrapeso, se pierda en una serie de medidas radicales que destruyan la economía nacional.

Lo que no tiene justificación es, de un lado, el apartamiento de una parte de nuestra burguesía; de otro, la hostilidad absurda de los que se mecen en fantásticas esperanzas de una restauración imposible y prefieren a la consolidación de una República moderada un porvenir catastrófico, al final del cual atisban el logro de sus deseos de vuelta a un régimen definitivamente liquidado.

Las clases productoras españolas necesitan adquirir un sentido político de que hasta ahora no han dado muestras. En estos momentos es cuando debieran haber puesto a prueba su temple, ¥ esto no se hace ni escondiendo la cabeza bajo el ala y murmurando en privado ni abandonando el país cuando más necesaria era so presencia. Es muy cómodo echar la culpa de todo a los excesos radicales de un Gobierno. El Gobierno es siempre una resultante de las fuerzas en pugna. Y si mientras los elementos Izquierdistas se organizan y combaten, las clases neutras, los representantes de la industria, el comercio y la agricultura se refugian en la inhibición, en vez de abandonar su tradicional apatía y organizarse para intervenir activamente en la vida política del país, ¿tiene algo de particular que el Gobierno y el Parlamento aparezcan teñidos de un matiz radical? ¿Qué se ha hecho por impedirlo? Las fuerzas de orden no han desaparecido con la proclamación de la República. Por el contrario, es ahora cuando más al desnudo se ve la importancia vital de lo que representan. Pero en política sólo cuentan las fuerzas organizadas y con un sentido político. Es menester que las clases productoras y neutras se den cuenta de que pueden influir poderosamente en la política: pero para ello es necesario que salgan de su apartamiento, que acaten lealmente el régimen y que, organizadas, aspiren a dirigirlo. Es fácil lamentarse de la influencia de los socialistas en el momento actual. Es evidente que esta influencia no corresponde ni a su fuerza numérica ni a su arraigo efectivo. ¿Pero a qué se debe? Sencillamente, a su organización, ya que en la confusión presente son acaso los únicos que saben lo que quieren y adonde van.

¿Por qué no han de organizarse de un modo análogo los elementos directivos de la producción y la riqueza nacional? ¿Por qué no fijan un programa de acción y una táctica? Hay para las derechas un роrvenir en la República, Pero para unas derechas acomodadas a la nueva época. No puede pretenderse que las cosas sigan inmutables en su estancamiento. El país necesita reformas en todos sentidos. Pero el ritmo de estas reformas puede ser vario. Los que quieren una reforma mesurada y gradual, sin radicalismos peligrosos ni saltos en el vacío, respetando lo que en la tradición haya de aprovecharse y reconociendo lo que por ley natural ha de ser extirpado, deben unirse, aunque sólo fuera para constituir aquel contrapeso, sin el cual los pueblos se agitan en el vacío y caminan a la deriva.

¿No serán capaces las clases conservadoras españolas de ser ese contrapeso? ¿No han encontrado o no son capaces de seguir y apoyar al hombre o al grupo de hombres que en la transformación de España que se está acometiendo defiendan la continuidad de aquellos principios vitales ante los que el prurito revolucionario debe detenerse?”

(Ahora, número del 18 de septiembre de 1931).


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