Abuso de adjetivos
- Escrito por La redacción
- Publicado en Déjà Vu
“Siempre que algún colega derechista da cuenta de cualquier fechoría sobre las cosas respetables, la suele calificar con los más agrios adjetivos, como si dijéramos con las últimas armas de la maldición. Así, una rotura de cruz de Cementerio suele ser un «bárbaro atentado», o la deberación de una imagen, «obra de un desalmado». No queremos atenuar la falta, delito o lo que fuese, y preferimos dejar a los Tribunales de justicia la debida ponderación de tales hechos; no queremos tampoco suavizarlos con canse vocablos menos fuertes. Nada de eso. Nuestro objeto, al sacarlo a colación, es, nada más que para establecer un contraste: el que se puede dar, y se da, desde luego, cuando en los mismos números de los mismos colegas aparecen posiciones así: «Un hombre mata a hachazos a su padre.» Y el redactor se quedará tan fresco habiendo redactado además lo del desalmado que derribó la cruz; para matar a un ascendiente a hachazos no es necesario, pues, perder el alma.
Son dolorosas, ciertamente, les cruces derribadas en las tumbas, los cipreses tronchados, los epitafios rotos. Toda huella de la incultura es dolorosa, sí, tan dolorosa casi como la violenta agresión de las palabras: «el hecho vandálico», dos fanáticos sin corazón». Y no conviene irse de los vocablos. ¡En cuántos pueblos no es recordable aún el «muladar de los judíos»! El muladar de los judíos era el lugar que la piedad cristiana reservaba a la muerte judía, con efusión íntima del alma, sin vandalismo, por supuesto. En los cementerios, por cierto, es donde el odio religioso, la intransigencia católica ha llegado a su colmo; allí había de ser para pasar de los linderos de la muerte, para dejar de ser humana. No ya el muladar de los judíos», entregado a la mufa y al insulto, sino en los días últimos, «el corralillo», el inmundo, indecoroso lugar que la intervención eclesiástica reservaba a la elemental y humana prevención de unos palmos de tierra donde sepultar a los muertos no confesionales o no católicos simplemente, también hijos de Diosa y con frecuencia discípulos de Cristo, luteranos y protestantes de las diyersas sectas.
Prueba de la incultura, inútil violencia a más abundamiento, la quema de tal o cual iglesia con sus iconos dentro. Arden los que son de madera y se calcinan los que son de yeso pasiva y fatalmente como un tronco cualquiera. Ante ello es justo que los creyentes lloren a su santo y lamentemos los demás, cuando el caso se dé—no siempre, por fortuna—de que padezca el arte. Ni la efusiva religión ni la emoción del arte son suficientes a vencer a ningún elemento: la voluntad del hombre es nenes poderosa que las llamas. ¡Qué le vamos a hacer! ¡Qué le vamos a hacer si nuestros santos son menos milagreros y nuestras aficiones son menos eficaces que la ira ajena, que la vindicta ajena que se equivoca, sí, muy lamentablemente; mas se equivoca buscando la verdad, buscando la justicia contra todas las falsedades y todas las injusticias de la Historia No echemos este designio en saco roto; no derramemos dantas lágrimas sobre las cruces rotas ni las imágenes quemadas, cuando hay en el mundo tanto muerto enterrado sin un mal epitafio, tanto campo de batalla con menos lágrimas que sangre. Ni a los promotores de la guerra se les ha llamado bandidos, ni a los que tratan en blancas, por ejemplo, que es decir en tuberculosis, en sífilis, en alcoholismo, se los moteja de desalmados. La crónica de sucesos está pidiendo imprecaciones; no hay que lanzarlas todas contra el que hiere nuestro catolicismo. No hagamos bandera de nuestra intransigencia, abominamos todos de todo fanatismo, y no hagamos de Robinsón católico, el que encontraba divertida la quema de los ídolos ajenos en honra de los propios, No, no hay que hacer de Robinsón en aquel trance; mas si él y otros tales no hubieran sido intransigentes y no hubieran sembrado quemas de ídolos extraños y ritos pintorescos, quizá estuvieran hoy los templos más seguros y las imágenes mejor aseguradas.
Y, sobre todo, pensemos que la Humanidad está por cima de la creencia; no maldigamos del alma ajena por las cosas propias; reservemos los trenos para quien hiere la solidaridad, humana que nos une a todo, por cima y a pesar de las confesiones. Seguramente, matar a un padre a hachazos y hasta «cargarse a un tío» de una sencilla puñalada es más abominable que romper un cenotafio.”
(El Socialista, número 7407, de 2 de noviembre de 1932).