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La misión actual del republicanismo


  • Escrito por Leopoldo Alas Argüelles
  • Publicado en Déjà Vu
(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

“Desde la Restauración hasta ahora nunca estuvo el partido republicano español en situación tan favorable para arrastrar consigo al país y hacerse dueño del Poder en condiciones tales, que jamás fuera posible la vuelta de la Monarquía. Concurren hoy multitud de circunstancias que, bien aprovechadas, pueden asegurar el triunfo de la democracia verdadera, y por lo mismo los republicanos, y cuantos se precien de liberales á la moderna, están en la ineludible obligación de no perder el tiempo, igual que antaño se hacía, discutiendo problemas bizantinos y tirándose los trastos á la cabeza.

La situación de la política española y la grave crisis que atraviesa la nación indican desde hace ya tiempo el fracaso del régimen monárquico en España. Sin embargo, había una sombra de Constitución y hasta disfrutábamos de un partido conservador.

Los españoles, fáciles de contentar y tan sobrios en lo espiritual como, en lo relativo á las chuletas, no nos preocupamos, por regla general, de la cosa pública, y dejamos hacer á los eternos mangoneadores. Por su parte los republicanos, acaso más débiles que nunca, no ofrecían un peligro serio. La Monarquía y sus gobernantes podrían creerse en el mejor de los mundos.

Pero á partir de los sucesos de julio han variado muchísimo las circunstancias, y es muy distinta ya ia. política española. Aquel Gobierno, ciego primero y luego enloquecido, al tropezar en su camino con la opinión pública sistemáticamente desconocida y despreciada, revolvió, sin querer, las aguas muertas. El pueblo vio muy claro y se dio cuenta del peligro. Conoció que el régimen no le permitía tener voluntad, que era un delito el pensamiento para los hombres que gobernaban. No fué ya posible la duda: el pueblo español era aún la víctima de reaccionarios crueles, acéfalos y vanidosos.

Como España no es un pueblo muerto, siquiera esté muy decaído, estalló por todas partes la protesta. No es ahora el momento de historiarla. Lo que únicamente hemos de tener en cuenta, es que desde entonces está el país en muy favorables circunstan cías para una fructífera labor por parte de los republicanos. A la revolución de Barcelona no siguió, como algunos esperaban, una reacción á favor de las derechas. En cambio obtuvieron las izquierdas un gran triunfo en las elecciones municipales; prueba evidente de que la opinión general no juzgaba á los presuntos apaches del mismo modo que Maura y compañía.

Los sucesos de julio dejaron al descubierto á los reaccionarios disfrazados y, como es natural, despertaron á la democracia dormida y la dieron nuevas fuerzas. Aquel Gobierno de guapos perdió la poca confianza que aún inspiraba á cierta parte de la clase neutra. El prestigio de Maura desapareció, y es de presumir y desear que para siempre.

Los republicanos no pudieron aprovechar la ocasión para intentar un cambio de régimen. No tenían nada preparado, ni contaban tampoco con que iban á ocurrir tan graves sucesos á las pocas horas de estar en una paz octaviana; y además, justo es consignarlo, el partido estaba muy quebrantado y con poca confianza en las propias fuerzas y en el apoyo de los neutros. Pero á pesar de todo, este partido que algunos daban por muerto, fué, sin embargo, el núcleo alrededor del que se unieron para salvar la libertad las fuerzas más sanas de la izquierda.

Al desaparecer el equívoco, al darse cuenta todos de la verdadera situación, se produjo, como consecuencia natural, esa animadora unión de los republicanos, los socialistas y los intelectuales, que antes no se preocupaban de política, ó si se preocupaban no veían en la Monarquía un obstáculo insuperable para toda labor de cultura y democracia.

Hoy la situación no puede ser más definida y más clara. El país está dividido en dos tendencias irreconcilables: de un lado las derechas, el ultramontanismo con ó sin disfraz, patrocinado, mimado y querido por el régimen; de otro las izquierdas, los demócratas verdaderos, los republicanos y los socialistas, constantes enemigos de la Monarquía, los intelectuales desengañados, que no creen ya en ciertas compatibilidades. Así como las derechas tienen el apoyo de las camarillas, las izquierdas, antes dispersas, se unen al partido republicano y buscan en un cambio de régimen el triunfo de sus ideas más queridas, ó cuando menos la legalidad y el respeto de su propaganda.

A los republicanos de siempre, fieles á la buena causa, no puede menos de causarles gran satisfacción ver cómo todos los elementos de la izquierda que deseen hacer una labor de verdadera cultura se unen á ellos, desengañados de la Monarquía.

Esta unión es prenda de futuras victorias, anuncio de días mejores para España; pero no por eso han de dormirse sobre sus laureles los antiguos republicanos.

Al encontrarse el partido republicano convertido en núcleo de todas las izquierdas españolas, se ve en la necesidad de cumplir mejor que nunca sus deberes, so pena de no merecer la confianza que hoy inspira. Los deberes del partido republicano consis ten, en primer lugar, en asimilarse y hacer suyas todas las grandes preocupaciones que llenan el alma de los pocos hombres modernos, cultos y patriotas que en nuestra España tenemos. Ya que los intelectuales cayeron del lado de la República, es justo y necesario que los republicanos caigan del lado de la cultura, más que nunca. Si los socialistas son sus aliados, necesitan corresponder los republicanos inscribiendo en su programa de Gobierno las reformas sociales necesarias para que nuestro proletariado se pueda codear con el de Europa. Para lograr un cambio de régimen y acabar de una vez con la Monarquía y el clericalismo, es necesario inspirar al país una confianza ilimitada y presentarle programas de reformas que respondan á sus necesidades, junto con la garantía del más exacto cumplimiento. Es necesario abrir los ojos de las pobres masas inconscientes que sienten el hambre y la miseria material, pero no la miseria de su espíritu, y que no saben de dónde vienen sus males. Hay que pasar los Pirineos y enterarse bien de lo que ocurre en el mundo, para luchar mejor por la cultura. Es preciso, en una palabra, que el partido republicano sepa aprovecharse de las circunstancias y utilizar las enormes fuerzas que tiene á su disposición en este instante, dejando de ser un partido más, para convertirse en órgano fiel de las necesidades y aspiraciones del país, separado de sus instituciones por un gran charco de sangre.”

(Vida Socialista, número de 12 de marzo de 1910).


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