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República


  • Escrito por Pi i Margall
  • Publicado en Déjà Vu
(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

“No sé, señores representantes de la nación, sí podré guardar la serenidad que estáis acostumbrados á observar en mis discursos. Confieso que me siento profundamente conmovido; afortunadamente mi tarea es más fácil de lo que parece, porque ¿qué podré deciros yo que no esté en nuestro entendimiento, en vuestra conciencia?

Habíais elegido una dinastía que rigiera los destinos de la nación, y la dinastía acaba de entregaros la autoridad que la habíais confiado; no tenéis, pues, un jefe del Poder ejecutivo; no tenéis tampoco Gobierno, porque este Gobierno había recibido su mandato del rey, y con el rey ha desaparecido su mandato. Queda solo aquí un poder legítimo, el poder de estas Cortes; las Cortes, pues, deben naturalmente reasumir en si todos los poderes. ¿Hay alguno de vosotros que lo dude? Vosotros mismos acabáis de afirmarlo con vuestros actos.

Pero si la Cámara entera puede desempeñar el poder legislativo que basta aquí ha tenido, no es posible que desempeñe entero el Poder ejecutivo, que requiere una acción más rápida, tanto para llevar á cabo las leyes por vosotros formuladas, como para salvar los intereses sociales, el orden y la libertad. Así, os proponemos que por votación directa elijáis un Poder ejecutivo que se encargue de dar debido cumplimiento á todas vuestras resoluciones.

Como no me propongo ser largo; como no me prometo decir más que lo absolutamente necesario, porque no es boy día de grandes discursos no añadiré más sobre este punto. ¿Deberíamos, empero, entrar en otro periodo de interinidad? ¿Deberíamos dejar la dinastía fuera de su órbita, fuera de su poder, y no sustituir esa dinastía con algo, y no sustituir la misma monarquía con otra forma de gobierno? Todos vosotros sabéis los resultados que ha dado hasta aquí la monarquía. Primeramente ensayasteis la monarquía constitucional en la persona de una reina de derecho divino, y no pudisteis jamás conciliar con ella la libertad. El pueblo deseaba reformas; deseaba progreso; deseaba sobre todo la integridad de la personalidad humana, y aquella reina, y antes su madre, no pensaron más que en cercenar la libertad política, no pensaron más que en atajar los progresos del pueblo español; y llegó un tiempo en que viendo ya que era enteramente incompatible aquella monarquía con la libertad, vosotros la desterrasteis del reino. Después habéis querido ensayar la monarquía constitucional de derecho popular, y habéis elegido por unas Cortes Constituyentes una nueva dinastía. Ya veis también el resultado que ha dado: ella misma os confiesa que no ha podido dominar el oleaje de los partidos; ella misma os confiesa que no ha podido atajar la discordia que nos está devorando.

Las divisiones se han ahondado, la discordia ha crecido, la discordia ha llegado á existir hasta entre los mismos partidos que habían hecho la revolución de Septiembre. Confesad, pues, señores, que la monarquía es completamente incompatible con el derecho político por vosotros creado; preciso es que se establezca la República, y yo creo que está en el ánimo de todos establecerla. ¿Por qué? Porque en realidad, vosotros que habéis sentado el gran principio de la soberanía nacional, no podáis aceptar más que una forma que sea compatible con este principio; y no lo es ciertamente la monarquía, puesto que es una verdadera enagenación de la soberanía nacional en manos de una familia.

¿Cómo será posible que conservéis ya la monarquía?

El privilegio de castas ha desaparecido por completo, y yo pregunto: ¿es posible que cuando se trata del mando supremo de la nación lo vengáis á vincular en una casta, ó lo que es lo mismo, en una familia? Debéis haceros cargo del estado de las ideas y del movimiento de las opiniones de nuestro siglo. En otro tiempo en que, gracias á las creencias religiosas, universalmente aceptadas, había una base algo firme y había algo que servía de freno al movimiento de las ideas, eran posible esos poderes inamovibles, esos poderes hereditarios; pero desde el momento en que hay un gran movimiento de ideas, ¿cómo es posible que podáis suponer que una sola persona pueda seguir la corriente de las ideas mismas? Se necesitan poderes amovibles, que puedan participar del movimiento de la opinión pública; y para eso se necesita establecer la República, establecer el Poder ejecutivo de tal manera, que pueda siempre modificarse con arreglo á la corriente de las ideas y a la corriente de la opinión pública del pueblo español.

Ved además cuál es el estado presente de España. Las ideas absolutistas están levantadas en grandes provincias de España: vosotros estáis convencidos de qne la fuerza armada, el ejército, no es capaz de poder dominar estas mismas facciones, por las razones que todos vosotros os explicáis, y de que es necesario que los pueblos se levanten contra esas facciones y ahoguen en su principio la guerra civil; y para que esto suceda es indispensable que los pueblo tengan una bandera á la cual acogerse y en cuyo nombre ataquen á esas mismas ideas.

No sería fácil que lo alcanzarais por medio de la monarquía, porque ya habéis visto que esta no produce más que divisiones y hace que los partidos populares no puedan acogerse todos á la sombra de una misma bandera. Siendo así, yo estoy en |que la Asamblea soberana debe proclamar desde luego la República, dejando á unas Cortes Constituyentes que vengan á determinar la organización y la forma que debe tener esta República en España.

Nosotros, bien lo sabéis, somos republicanos federales; nosotros creemos que la federación es la resolución del problema de la autonomía humana; nosotros creemos que la federación es la paz por hoy de la Península, y más tarde lo será de la Europa entera; pero nosotros entendemos también que es preciso que todos hagamos algún sacrificio de nuestras ideas, sin prejuicio de que mañana vengan las Cortes para resolver cuál debe ser la forma de la República.

Si las Cortes Constituyentes vienen á decir que la República federal es la forma que ha de adoptarse, quedarían por completo satisfechos nuestros deseos, y seguiremos con ella; mas si por acaso nosotros saliésemos vencidos, entonces obedeceríamos, aunque persistiendo en nuestro propósito, porque no es posible que hagamos jamás el sacrificio de nuestras ideas. Hoy no os pedimos nosotros sino que proclamemos la República, y ya vendrá día en que otros decidirán cuál ha de ser la organización que se dé á esa forma”

(Discurso de Pi i Margall en las Cortes el 11 de febrero de 1873, La República, 13 de febrero de 1885).


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