Liberales y Socialistas
- Escrito por Antonio Zozaya
- Publicado en Déjà Vu
“No hay ejemplo en la Historia de una tan rápida propagación y difusión como la del Socialismo contemporáneo. No hablemos de Fourier ni de los hermanos Moranes. Socialismo hubo siempre; pero un concepto total y armónico de la realidad, del Estado, del trabajo, de la propiedad, de todos los organismos y fines humanos, no ha existido hasta que la ciencia positiva, recabando su derecho á guiar el pensamiento de los hombres, no afirmó la superioridad del saber objetivo, proclamó la ley de la evolución y señaló con Marx uno de los momentos más culminantes de la sociología y del estudio de los fenómenos económicos.
En poco más de treinta años el socialismo ha traído á su campo á la inmensa mayoría de la intelectualidad mundial. Furibundos individualistas no se atreven ya á negar la necesidad de que el Estado intervenga en las relaciones del trabajo y del capital, la de socializar y municipalizar los servicios, la de poner coto al crecimiento desmesurado de las fortunas y la de socializar la tierra y los instrumentos de cultivo y de producción, aun cuando esto último lo consiguen algunos como un ideal, que juzgan, por el momento, irrealizable.
Pero lo difícil era hacer aceptar el principio fundamental: el punto de partida. Aquella teoría kantiana, según la cual el individuo era fuente y término de todo derecho, que no concebía más ótica que la interna del imperativo categórico; aquella ficción de un pacto entre los hombres, con el cual Rousseau quiso dar á las sociedades un sentido sinalagmático; aquellas afirmaciones spencerianas escuetas que, colocando al individuo frente al Estado, echaban el germen de las funestas doctrinas anarquistas que, iniciándose en Proudhon, debían necesariamente acabar en Kropotkine y Caserío; todo eso desapareció para siempre. El liberalismo abstracto, que en el orden del pensamiento significaba el olvido de los fines humanos y de la complejidad de la vida, y en el orden práctico el abandono de los débiles en poder de los fuertes; aquello concluyó de una vez. Ser individualista en absoluto es constituirse en un anacronismo viviente, como lo sería llamarse arriano, ó hugonote, ó afrancesado ó absolutista.
Pero el concepto de libertad no ha desaparecido por eso. El Socialismo, verdaderamente científico, considera que el individuo es también un Estado, y que en él hay, por consiguiente, una esfera de derecho intangible. La declaración de los derechos del hombre no ha sido destruida y sí ampliada á la personalidad, que puede también ser colectiva. Antes bien, pudiera decirse que sólo con el Socialismo puede la libertad dejar de ser un mito, porque sólo él aspira á colocar al individuo en condiciones de independencia en el orden político y en el económico y social.
Y si ha colocado el problema en el orden económico, es porque sin la liberación económica toda otra es imposible. ¿Qué esto tiene peligros? Es indudable, y el primer deber de todo socialista es marcar un límite á la acción del Estado, si no quiere que sus doctrinas sirvan de pretexto á la más dura de las tiranías.
Y este es el punto más escabroso. La cuestión de los límites de la acción del Estado ha sido el escollo de los tratadistas. Sería insigne pedantería citar nombres. Basta recordar los de todos los sociólogos y políticos contemporáneos, principalmente de los alemanes, para convencerse de esta verdad. Quizá, entre todos, Schaeffle ha sido el más clarividente cuando ha dicho que «ningún organismo superior debe realizar función alguna que pueda realizar otro inferior». Es esta una reminiscencia krausista que se funda en la más pura lógica.
El individuo os un organismo y, como tal, desempeña funciones propias, como el pensar. La libertad de pensamiento debe ser, pues, afirmación primordial, y no hay que decir que esto supone la completa secularización de la vida, la libertad de estudios y de profesiones, el derecho al sufragio, la asociación libre, la inviolabilidad de domicilio, la libre constitución de la familia, y cuantos derechos consagraron las constituciones de los pueblos cultos. Con ningún pretexto pueden los organismos colectivos entorpecer estas funciones so pretexto de socialismo, como pretenden hacer los gobiernos que se llaman conservadores y son total y deliberadamente reaccionarios.
Pero, en la relación de trabajo y dependencia mutua, toca al Estado impedir qua unos hombres estén á merced de otros, y que lo que debiera ser contratación libre se trueque en explotación descarada. Para esto es menester dictar leyes reguladoras del trabajo, socializar el suelo y las grandes máquinas, limitar la propiedad, cuando no anularla en su forma actual y desempeñar su función colectiva. Lo que un hombre no puede hacer deben hacerlo todos; para ello se asocian. Sin esto el Estado sería una nueva ficción que sumar á los tradicionales absurdos.
Socialicemos, pues, la vida; pero sin olvidar que hay en el individuo una esfera intangible. Seamos socialistas y liberales. Este acuerdo entre dos conceptos, que pudieron parecer antagónicos, y que no lo son, es tal vez uno de los mayores merecimientos da Pablo Iglesias y de los socialistas españoles.”
(Vida Socialista, nº 57, 21 de enero de 1911. Hoy no recordado, Antonio Zozaya (1859-1943) fue un intenso intelectual, periodista, jurista y escritor republicano.)