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¿Es cosa de broma la política?


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

“En el tiempo que llevamos de vida republicana hemos tenido que repetimos muchas veces esta pregunta: Pero e política, ¿es cosa de brema? En les últimos meses, sobre ludo, nos la hemos formulado con reiteración casi diaria. A ello nos obliga, no, la conducta nuestra, que es firme y segura, sino la conducta de quienes están situados en el lado opuesto. Creíamos nosotros que la política es ocupación que exige seriedad, es decir, lógica. consecuencia en sus fines y en sus métodos. Buen discurso teórico. Ajuste entre los actos y das palabras. En suma, lealtad a un principio doctrinal y respeto a una norma de gobierno. Eso creíamos nosotros, sin que interese para el comentario cuáles sean ese principio y esa norma política. Cada cual adscribe sus simpatías al sistema que le es más afín. Pero, una vez adoptado, interpretado fielmente y seguirlo en sus deducciones es mandato de buena razón.

Dentro de la República se ha dado un fenómeno que en nuestro país es completamente nuevo: el de practicar una política recta, sin intenciones disfrazadas ni pactos de camarilla. Buena o mala, con error o con acierto, que eso es materia opinable y discutible, la política republicana tiene ya esa virtud y esa enorme ventaja sobre la política antigua. Y eso es, justamente, lo que no saben apreciar muchos aún y lo que, desde luego, no acaba de entrar en el meollo del señor Lerroux. Se piensa que la política republicana puede seguir la trayectoria de zigzag, de avance y retroceso, de fluctuación constante que seguía la política monárquica. Tan acostumbrados estaban los españoles a ese juego turbio y deshonesto, que cuando un Gobierno—el actual, por ejemplo—cumple estrictamente el programa que se trazó y anunció para gobernar, enseguida le salen al paso las indignaciones die los descontentos, no con el programa, sino con la aplicación del programa. Pues esto es lo curioso de do que acontece. Si se le pregunta a cualquiera de los que hoy se llaman enemigos del Gobierno cuál es la razón de su enemiga, es seguro que nos replique mostrándose- conforme con los principios teóricos que avalan la obra de gobierno, pero opuesto, en cambio, a la aplicación que se les da en la realidad. Este hablará de excesiva rapidez en la legislación social; aquel se lamentará de tales o cuales intereses lesionados; unos censurarán al Gobierno por lo que ha hecho y otros por do que ha dejado de hacer. Y todos se guardarán prudentemente la demostración, siquiera sea hipotética, de que, empleando procedimientos distintos, pudo llegarse a resultados más beneficiosos.

Pero la política ¿es cosa de broma? Cuando en vísperas de la República, y luego en los primeros meses de Gobierno provisional, se pedía con voces de alabanza le colaboración ministerial socialista por los mismas que hoy la censuran sañudamente y con vileza, nadie podía sospechar, honradamente, semejante vaivén de criterio. - ¿Qué se esperaba entonces de los socialistas? ¿Acaso que fuéramos actores dispuestos al sacrificio en los días de sufrimiento—durante los cuales nos faltó la compañía de muchos que hoy nos denuestan airadamente—y luego espectadores benévolos y sonrientes de todo lo bueno o malo que se hiciera en la política nacional? Si es así, menguado papel era el que se nos ofrecía. Nosotros no nos atreveríamos, ni entonces ni hoy, a brindárselo a nadie. Y que era así osos lo dice el hecho de que la ofensiva antisocialista comienza desde el instante mismo en que los votos socialistas, el discutirse la Constitución, empiezan a pesar en el Parlamento. De entonces; data ya esa invención poco feliz de la dictadura gubernamental del Socialismo, manifestada tan sólo a través de unas pocas leyes, harto tímidas e incumplidas muchas veces, de protección al trabajo. Se creía, sin duda, que la aportación socialista al advenimiento de la República, minúscula si se la compara con el esfuerzo que puso después en su defensa, estaba bien pagada en declarar fiesta nacional el Primero de Mayo y con estampar el busto de Pablo Iglesias en los sellos de Correos, medidas ambas a las cuales—¡pues claro!— no ha opuesto nadie reparos.

¿Y qué se esperaba que fuera la Reforma agraria, reforma que los socialistas hemos votado después de muchos y dolorosos renunciamientos? ¿Y qué las reformas militares? ¿Y qué la política religiosa republicana? En cualquiera de los problemas fundamentales las Cortes constituyentes, y el Gobierno actual, que supo llevados a término de solución, no han hecho otra cosa que interpretar, con moderaciones a veces excesivas, la voluntad popular, la que está reflejada en las Cortes a través del sufragio. ¡Pobre argumento el que consiste en suponer que el Gobierno está fracasado solo porque hay unas voces irritadas que claman por sus antiguos fueres! Que los grandes propietarios a quienes se les arranca la tierra; y los militares palatinos separados del ejército; y los católicos súbditos de Roma antes que ciudadanos españoles; y todos aquellos que han visto cercenado un privilegio, formen coro de protesta, es cosa natural y conveniente. A nadie le negamos ese derecho. Pero eso—aunque crea otra cosa el partido radical—no es la opinión pública ni tiene fuerza moral bastante para imponer una rectificación en la política republicana. Al revés, esas voces de protesta son la demostración más clara de que el Gobierno procede, cuando menos, con un mínimo de acierto. Pues si la República no venía contra lo que ellas representan, espiritual y económicamente, ¿qué diablos quería significar la República?

También ahora, con motivo de la ley de Congregaciones religiosas, se intenta resucitar el fantasma de una Iglesia perseguida y humillada, leyenda que no ha dejado de utilizarse en ningún instante, ni aun cuando la Iglesia dominaba toda la vida social española. Y se acusa al Gobierno de sectario por el solo hecho de cumplir un deber ineludible. ¿Acaso la ley de Congregaciones no es una derivación inexcusable de la Constitución? Pues sí lo es, y el dictamen no rebasa, ni siquiera abarca, todas las facultades del precepto constitucional, ¿a qué obedece ese vocerío contra el Gobierno? ¿Sería mejor una política de aplazamientos y suaves tolerancias—que son complicidades—como la que parece propugnar el señor Lerroux? Una política de esa clase se llevó por delante la República del 73. No han pasado en vano desde entonces sesenta años. Hemos recibido muchas lecciones. Unos usos nuevos y una moral nueva son el fruto de ellas. Que la lección no haya servido para todos no es culpa nuestra. Por eso nos trasciende a cosa baladí—aunque lamentable—eso de que un caudillo malhumorado pida la crisis y declare fracasada una política, como si el jefe del Estado, y el Parlamento, y la opinión pública—la auténtica, no la imaginaria—no tuvieran nada que decir en el pleito. Pero la política, ¿es cosa de broma? Tal es nuestra pregunta. Quisiéramos cosechar respuestas negativas. No; no es la política cosa de broma. Es para tomada a pechos y para entregarse a ella con seriedad y ardimiento. Cada cual de acuerdo con su doctrinal político, pero todos con el mismo rigor en la conducta y en la mente.”

(El Socialista, número 7496 de 14 de febrero de 1933)


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