La reforma social y la opinión pública
- Escrito por Adolfo A. Buylla
- Publicado en Déjà Vu
“No son sólo los obreros los que se quejan de su estado y de la necesidad de que prontamente y por quien corresponda se procure acudir al remedio de los males que la aquejan. No son ellos los que únicamente muestran en esto del reconocimiento de sus males y de la tardanza en el socorro un pesimismo rayano en la desesperación. Acompáñanlos, en lo uno y en lo otro, gentes ampliamente educadas, y por eso grandemente reflesivas, á quien hay que creer exentas de sentimentalistas exageraciones.
Vamos á la cita, entre tantas á que pudiéramos acudir. El gran pensador inglés A Wallace dice á este propósito: «En comparación con los admirables progresos de las ciencias físicas y de sus aplicaciones prácticas, nuestro sistema de gobierno, nuestra justicia administrativa, nuestra educación nacional, toda nuestra organización social y moral se encuentran en estado de barbarie.» Gide, el ilustre economista francés, aludiendo en uno de sus libros más meritorios á la Exposición Universal de París de 1900 escribe: «Este progreso (el industrial) no se manifestaba ciertamente con tanta majestad en ninguna parte como en el Palacio de las industrias, de ingeniería civil, de las máquinas, de la electricidad. En materia de invenciones, si se quiere de experimentos, la historia social del siglo XIX no parece que pueda ofrecer nada comparable á esos descubrimientos maravillosos, cada uno de los cuales marca una nueva era: la máquina de vapor de alta presión en 1801, la locomotora en 1814, el telégrafo eléctrico en 1837, la fotografía en 1839, la primera línea transatlántica de vapores en 1840, el teléfono en 1877, los rayos X en 1895.» Y para no cansar más al lector, él sociólogo italiano Sbarbaro arguye que el problema social lo tenemos al lado y en torno nuestro, y lo sentimos y conocemos en la confusa agitación de la desgraciada muchedumbre de hambrientos, de la plebe sumida en el pauperismo y en el fango de la barbarie, en el salario insuficiente, en las crisis comerciales, en los sufrimientos de los obreros con motivo de las revoluciones industriales, en las coaliciones, en las sociedades de previsión y de socorros mutuos, en los Bancos de crédito popular, en las Asociaciones cooperativas... en todos esos signos del tiempo, en todas las múltiples manifestaciones de una vida que extingue y de una nueva existencia que aparece.
Mucho se ha dicho acerca de los elementos que pueden y que deben contribuir á evitar ó á reprimir en su caso esos grandes dolores sociales. Recordemos, ya que es ocasión adecuada, uno de los más potentes y valioso, la opinión pública. Cuando el común de las gentes se interesa en un problema, hay mucho adelantado para resolverlo; pero cuando se muestran indiferentes ó enemigas, de poco ó de nada sirve el esfuerzo unilateral de los directamente interesados, toda su actividad será perdida y todo su trabajo impotente. De ello tenemos ejemplos abundantes. ¿Cuántas reivindicaciones obreras malogradas por falta de sazón, es decir porque la opinión pública, lejos de acogerlas las rechazó, ó simplemente no les dio importancia? ¿Cuántas huelgas fracasadas precisamente porque lejos de merecer el apoyo de esa opinión mostróseles contraria? La misma Fiesta del Trabajo no hubiera tenido el inmenso éxito alcanzado, si la opinión pública, con su aquiescencia primero y después con su adhesión entusiasta no la hubiera estimulado. La masa trabajadora, cada vez más convencida de su poderosa misión social y más capacitada cada vez para reclamar sus indiscutibles derechos, comprende esto con mayor claridad de día en día y por eso procura en todo momento comprometer en favor suyo la opinión pública, segura de que de este modo no habrá obstáculo que no venza, ni dificultad insuperable para el logro de sus aspiraciones.”
Vida Socialista, número del primero de mayo de 1912.