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La ordinariez y la distinción en el Parlamento


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Las gentes afectas al desaparecido régimen monárquico, y en nombre suyo, los diarios derechistas, vienen cultivando con especial esmero el tópico de la ordinariez de las actuales Cortes constituyentes. En artículos y comentarios, como también en dibujos, se desliza a cada momento la insidia del escaso nivel mental del Parlamento, la ausencia de elegancia, no ya espiritual, sino material, de los nuevos representantes del país. A creerlos, el hemiciclo del Congreso es poco menos que una reunión de patanes, de personas desprovistas de toda noción de educación y trato social. «¡Es otra Cámara!», dicen contristados.

Efectivamente, es otra Cámara, pero no la que ellos suponen. No es la de ahora una asamblea de compadres, bien trajeados, eso sí, como lo era el antiguo Parlamento, pero donde no se ventilaban sino asuntos que interesaban a una sola clase social, a la clase privilegiada; donde los grandes problemas nacionales se trataban con arreglo a las conveniencias particulares. de tal o cual grupo de merodeadores políticos y donde el interés nacional no contaba para nada; una Cámara que no era la genuina representación del país, sino de sus explotadores de toda laya, en la cual estaba ausente el espíritu del pueblo productor.

Fué menester que llegara al Parlamento el gran Pablo llegara para que allí entrara la voz de la muchedumbre irredenta y para que en aquel recinto resonaran los enérgicos acentos de la clase proletaria, siempre olvidada por los privilegiados. Recordamos el estupor con que los políticos de entonces—aún quedan algunos--oían los viriles discursos de aquel hombre oscuro, que logró hacerse respetar políticamente, estando solo en el Parlamento, por los más encumbrados dioses de la política. Sus intervenciones parlamentarias fueron escuchadas primero con curiosidad, después con atención, y llegó a colocarse en primera línea entre los hombres destacados de la Cámara, no tanto por bu oratoria medianamente académica, sino por la razón que le asistía en cuantos asuntos trataba y el ardor que ponía en la defensa de los oprimidos y en atacar al régimen capitalista y a sus gobernantes.

Iglesias fué el primer socialista que abrió brecha en la fortaleza parlamentaria—recordemos también que merced a la Conjunción Republicano-Socialista—y a nadie se le ocurrió decir que entraba la ordinariez en la Cámara, como tampoco cuando en elecciones posteriores logró el Partido Socialista llevar al Congreso una pequeña minoria de seis diputados. ¡ Ah! Es que entonces subsistía aún la monarquía, y una minúscula oposición socialista, aunque se la estimase molesta, siempre daba cierto tono de europeísmo a nuestro Parlamento. El Socialismo era un fantasma lejano todavía y las clases privilegiadas se consideraban seguras en el disfrute Indefinido de su posición.

Pero hoy es otra cosa. Hoy ha sido derribada la monarquía a impulso del pueblo republicano y socialista, y aquel pequeño núcleo de diputados socialistas es ahora una imponente minoría de i lo individuos, la más numerosa de la Cámara y la que puede decidir el resultado de las votaciones. Y ya ne es lo mismo que antes. En vez de los señores y señoritos perfumados e inútiles de antes, que se sentaban en los escaños del Congreso en méritos de sus talegas o de sus parentescos con los amos del cotarro, se sientan hoy una falange de hombres, modestos, sí, en su continente externo, pero cada uno de los cuales representa o una parte del pueblo español, de ese pueblo que nunca logró que fuera oída su voz en eso que se llamaba enfáticamente «el templo de las leyes» ni mucho menos que se tuvieran en cuenta para nada sus legitimas reivindicaciones. La escasa y defectuosa legislación social aprobada por las Cortes monárquicas más obedecía al propósito de entretener las ansias del proletariado que al de enaltecer la vida del trabajador. Este era siempre un ciudadano de segunda clase, un sometido, que no debía salir nunca de la mísera condición de asalariado.

Por eso a los residuos de la vieja política de clase privilegiada no les entra en la cabeza que puedan estar en el Congreso—y por verdadero derecho propio—tantos representantes del proletariado. No pueden tolerar tanta «ordinariez». Y eso que estamos empezando.”

(Fuente: El Socialista, número 7055 de 19 de septiembre de 1931).


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