Las petacas del rey
- Escrito por Vicente Blasco Ibáñez
- Publicado en Déjà Vu
“Hermoso porvenir el de España gobernada por la monarquía.
La regente del reino, ayudada por los políticos que monopolizan el poder, por los carlistas arrepentidos que entran en Palacio y por los obispos y jesuitas que forman el arco más fuerte de la situación, preparan al hijo de Alfonso XII para ocupar en plazo breve el supremo poder.
(…) Resulta aquí un absurdo que el soberano estudie y se eduque como cualquier español; los buenos monárquicos se indignarían al verle convertido en un estudiante como los demás, y el rey permanece en Palacio, aprendiendo bajo de la dirección de curas carlistas como el Padre Montaña o de profesores elegidos por los jesuitas, sin otros méritos que el de figuras decorativas de cuantas manifestaciones reaccionarias se celebran en Madrid.
El resultado de esta educación se vio claramente el domingo.
El rey de España D. Alfonso XIII ignora dónde está en Madrid la Universidad Central. Si le preguntan por Cajal, por Echegaray, por Galdós, de seguro que no sabe si son españoles o franceses, pues en indudable que en su vida habrá oído tan heréticos nombres. No ha ido al Teatro Real más que un domingo por la tarde a escuchar música; no conoce los dramas que han hecho famosa en el mundo la literatura española; tengo la certeza de que a estas horas no conoce por completo la gran joya literaria del país que a regir, el Quijote, que le habrán ocultado por contener palabras licenciosas; pero a cambio de esta ignorancia, para demostrar a los que no creemos en la monarquía lo mucho que ésta se preocupa de la cultura y la regeneración de España, la joven majestad fue conducida el domingo a los toros y regaló cuatro petacas preciosas a los matadores.
(…) Se acerca el momento de regenerarnos como pueblo culto, y el jefe del Estado da la señal, haciendo regalos y aplaudiendo a los grandes genios con coleta y calzón corto que nos consuelan de la pérdida de las colonias y endulzarán los futuros desastres de la monarquía con pases de muleta y un par de banderillas bien colocadas.
Hacen mal los que se extrañan de lo ocurrido el domingo. ¿Es qué vivimos acaso constituidos en República? Somos los súbditos de la muy católica monarquía española; nos rigen los Borbones, y cada rey debe proceder con arreglo a las tradiciones de familia y a los hábitos de su sangre.
Este joven entusiasta que reparte petacas a los toreros, es el biznieto de Fernando VII, que cerraba universidades y abría escuelas de tauromaquia; es el nieto de Isabel II, que demostraba su españolismo con la mantilla blanca y la imitación de los gestos y palabras de las chulas de los barrios bajos; es el hijo de aquel otro joven rey que gustaba del cante flamenco por encima de todos los géneros de su época.
¡Toros por la tarde, rosario al anochecer y misa del alba cuando se va a casa de vuelta de la juerga! He aquí un programa de gobierno, monárquico, español y castizo. Y como complemento gritar cual el claustro de la Universidad de Cervantes en tiempos del absolutismo: “Lejos de nosotros la peligrosa novedad de pensar”.
(…) La nación, después de perder la mitad de su territorio por culpa de la monarquía, todavía la aguanta y sostiene. Ha perdido la memoria y sufre la consecuencia de sus olvidos.
¡Toros y rosarios, como medios de gobierno!
¡Y aún se verán cosa más estupendas si esto dura!...”
El Pueblo, 18 de junio de 1901.