La economía capitalista
- Escrito por La redacción
- Publicado en Déjà Vu
“Si no fuera trágico, sería risible el cúmulo de forcejeos en que se consume el mundo capitalista en su irremediable naufragio. Los medios a que recurre en su desesperación son tan quiméricos que nos recuerdan la voracidad de aquellos dos gatos que se comieron uno a otro sin dejar ni los rabos para muestra. En una cosa coinciden los Gobiernos de todos los países: en hacer economías. Pero, fijémonos bien. Estas economías se refieren al numerario, a los gastos de dinero, sin preocuparse de que, paralelamente a esas restricciones monetarias, disminuye la riqueza verdadera y aumenta la miseria de la población. Los Estados se conceptúan como abstracciones irreales y no paran mientes en el individuo de carne y hueso que no puede vivir. Así, no dejan de producir extrañeza, aun en los menos versados en cuestiones económicas, disposiciones como éstas. El Gobierno federal del Brasil ha suprimido 2.322 teléfonos en ministerios y otras dependencias oficiales para ahorrarse nueve mil duros al mes. Con ello ha conseguido lanzar a la miseria a un enjambre de empleados, que en adelante ni podrán consumir ni cooperar a las cargas del Estado; aminorar en la proporción correspondiente el trabajo en la fabricación v el comercio de aparatos; disminuir la riqueza efectiva y las comodidades de la civilización y ahondar más la crisis por que pasa el capital y el trabajo. En cambio, las ventajas son nulas: el estancamiento del dinero, que se ha hecho para rendar. Con teléfonos o sin ellos, «en aquella inmensa República hay el mismo numerario». Lo más chusco es que, al lado de este «ahorro», el Gobierno ha autorizado el arrojamiento al mar de millones de kilos de café para que el artículo no abarate. Es una «economía» más del Estado capitalista frente a una población sin trabajo y hambrienta...
De la misma manera ha ordenado Alemania la reducción de transportes de mercancías, la de los lucidos de los funcionarios y el cierre de los teatros sostenidos por el Estado. ¡Bonita medida para aliviar el paro! Mientras de esta forma el Reich restringe las facultades adquisitivas de la población Y el poder creador de riqueza, el capitalismo internacional, que no tiene entrañas, atosiga al pueblo germano con la contumacia de un acreedor rapaz. Así, Estados Unidos, cuyo déficit presupuestario al finalizar el ejercicio (…) ha sido calculado por Hoover en la enorme cifra de 53.304 millones de pesetas, consiente a regañadientes el aplazamiento del pago de las deudas. Y Francia, Suiza y otros países cuya situación financiera se encuentra relativamente desahogada, echan mezquinamente las cuentas a Alemania para ver el modo de cobrarle hasta el último ochavo. En su frío egoísmo; no se percatan—como apunta Stimson con lógica irrebatible—que están allanando el camino a los comunistas o a los hitlerianos, cualesquiera de los cuales, llegados al Poder, se negarían a pagarles un céntimo.
La burguesía mundial, en sus ansias de sobrevivir, busca salidas entre las mallas de sus propias redes y no consigue otra cosa que enredarse más. Revolotea aturdida alrededor de sus leyes económicas y, cual la mariposa que se acerca a la luz, sólo logra quemarse las alas o estrellarse contra las paredes de la bujía. Sus movimientos instintivos de conservación son contraproducentes; no sirven más que para acelerar su ruina. Pretendiendo hacer economías, destruye las fuentes económicas, desplazando del trabajo creador un ejército cada día mayor de desposeídos. Necesitando ampliar los mercados, grava los aranceles aduaneros y protege las industrias nacionales, can lo que, en justa reciprocidad, todos los países hacen lo mismo, resultando en definitiva mermada el área de colocación de productos. Todo lo cual conduce a acentuar más y más las diferencias entre la producción y el consumo, que acarrean las terribles crisis periódicas que ahora han adquirido estado de permanencia. Para salir de estos atolladeros el capitalismo recurría a un supremo y criminal recurso: la guerra. Ahora ni este escape tiene. La presunta masa combatiente ha aprendido mucho por fortuna y no se deja ya matar por los intereses de sus expoliadores. Los ejércitos de desposeídos que la burguesía ha creado distinguen bien a sus verdaderos enemigos y contra ellos empeñarán muy en breve la última batalla. No habrá en adelante, estad seguros, más conflictos como el de la Gran Guerra. La burguesía mundial corre desalada a su propia destrucción. Como el avestruz, finge no ver el peligro y afila las armas que han de acabar con ella. Las conversaciones de financieros internacionales y todas esas economías de sabor doméstico tienen por consecuencia inmediata la disminución del trabajo y, con ella, la de la plusvalía, la de “su» capital. El hambre que esto trae consigo no se remedia con cargas de la policía como la que días pasados dio la yanqui a los quince mil manifestantes que se dirigían al Capitolio en demanda de pan; o como las que a diario se dan en Inglaterra y en todos los países que se ufanan con el nombre de civilizados. El problema no es de gendarmes, ni de economías antieconómicas, ni de conversaciones financieras, ni de confianzas, ni de proteccionismos, ni de cataplasmas a la vieja usanza. Trátese de haber agotado las posibilidades de subsistencia el régimen burgués; de una sustitución en los modos de producción, de consumo y cambio; de ir trocando, en suma, el sistema capitalista por el socialista. Por eso, al proyectar nuestra mirada hacia el panorama mundial, aparecen como naderías de niños caprichosos los gestos rebeldes de nuestra plutocracia, las quejumbres de nuestros monárquicos contrariados, los refunfuños de nuestros clericales y las actitudes de patricios desairados con que pretenden asustarnos ciertos republicanos empeñados en desligar el problemita político del problemazo social. Reserven, reserven sus ademanes dramáticos para más enjundiosa ocasión que, por imperativo de los tiempos, no tardará en presentarse. Ante una multitud sin pan y sin albergue no se perciben los murmullos de los descontentadizos de chistera. Más nos valiera a todos que, percatándonos de la realidad, enguantáramos el pavimento para que el cambio que de todos modos se ha de operar se hiciera con el menor estrépito posible.”
(Fuente: El Socialista, número 7136, de 21 de diciembre de 1931).