La despedida del último Borbón
- Escrito por Juan Romera
- Publicado en Déjà Vu
“Es el manifiesto del huido Borbón una nota de falacia y un rasgo de impotente soberbia que contrasta con el noble proceder del pueblo español. Puede estar éste orgulloso de su nobleza, pero debe permanecer vigilante, ya que el enemigo que ha vencido ha demostrado no poseer esa cualidad en grado alguno y no reconocer su derrota porque no ha sido aplastado. Que nuestra magnanimidad no sea causa de una nueva pérdida de los derechos cuya reivindicación tantos sacrificios ha costado.
Falacia es el negarse a reconocer la defección de «su pueblo», cuando, después de hurtar durante ocho años todos los medios para que éste se manifieste, basta llegar al escarnio que fije la tramitación de la última crisis, puede este pueblo, por él tan escarnecido, aprovechar unas elecciones municipales, preparadas por la decantada y ciega habilidad del cazador de codornices, para manifestárselo patentemente, convirtiéndolas en un plebiscito, cuyo fallo no se ha ocultado a los más recalcitrantes monárquicos.
Falaces son sus protestas de amor a España y de falta de malicia de sus errores y su reconocimiento de la generosidad de nuestra patria.
Falacia es el atribuir su huida al deseo de no desatar la guerra civil, cuando mientras ha tenido unas armas a su servicio las ha hecho disparar sobre el pueblo inerme, resistiéndose hasta el último momento.
Soberbia es si sostener su condición de «rey de todos los españoles» y el negar la renuncia de sus pretendidos derechos. No creemos, sin embargo, que esa negativa perjudique a los derechos de los españoles más sagrados, nacidos de la indiscutible soberanía del pueblo, y que con su perjurio hizo incompatibles con los suyos pretendidos, pues aunque hubiese firmado su renuncia, no dudaría de invalidarla si en cualquier momento encontrase un resquicio favorable, y sin firmarla, será totalmente ineficaz la afirmación de sus derechos si el pueblo mantiene decidido la defensa de los suyos.
Más atención merece el último párrafo, en el que remite la decisión del pleito a la Asamblea constituyente. Su esperanza en ella puede hacer temer que el sector de sus adictos no ha de dudar, como siempre ha hecho, en utilizar cuantas perfidias y malas artes puedan conducir a la satisfacción de sus deseos, y muy bien pudiera ocurrir que lo mismo que hoy aparecen como servidores de la República algunos de los que fueron elegidos como monárquicos, se manifestasen en la Asamblea constituyente partidarios del régimen caído otros de los ¡que entonces sean elegidos por su etiqueta republicana. Por esto debe tener mucho cuidado el pueblo al designarlos, eligiendo a los que por su consecuencia política ofrezcan la seguridad de su convicción y de su firmeza. Pero tampoco estaría de más que el concepto de amplia representación, que como regla general tiene el elegido para las asambleas políticas, que obra sin más moderador de su libre voluntad que el de su propia conciencia, fuese en este caso un poco restringido, dándole el carácter de mandato condicionado a la defensa de la forma de gobierno, de tal modo que el elegido como republicano quedase «ipso lacto» desnudo de su representación en cualquier instante en que abandonase la defensa de la República. Puede ser una de las muchas medidas que deben adoptarse para la defensa de los derechos y libertades ganados por el pueblo español en las gloriosas y emocionantes jomadas que nos han llevado a la consecución de la República, v entre las que merece destacarse la del 12 de abril como fecha memorable que señala el triunfo del civismo.”
(Fuente: El Socialista, número 6928 de 23 de abril de 1931)