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Sobre la Constitución


  • Escrito por Antonio Ramos Oliveira
  • Publicado en Déjà Vu
(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Entramos en la semana previa a la festividad de la Constitución. En El Obrero nos vamos a acercar, desde nuestra óptica habitual de Historia, a las distintas Constituciones que España ha tenido, aportando materiales para el conocimiento y la reflexión. Antonio Ramos Oliveira nos ofrece un punto de vista sobre la de 1931 desde aquel diciembre con un artículo que tituló, “La Filosofía y los Filósofos de la Historia”:

“Ya lo sabemos. España, efectivamente, ha tenido muchas Constituciones. Cuenta hoy con una más. Y descartando, como es de rigor, la circunstancia cronológica, la Constitución de 1931 es la mejor. No, no es una de tantas, confeccionada—y recogemos palabras de las derechas monárquicas—por una gran mayoría homogénea. Se dice, con manifiesto error, que hasta aquí los Estatutos nacionales vivieron poco, a despecho del carácter que todos tuvieron. Quieren hacernos creer, sin duda, que es una gran ventaja, con vistas a la longevidad de una Constitución, el que sea tramitada de modo contrario a como lo ha sido la que dentro de -nada tendrá la jerarquía de Código fundamental de España. Esto es, sin «votaciones exiguas y casuales, sin rectificaciones ni revotaciones entre muchos episodios de incertidumbre y de confusión». Pasemos por alto la exagerada tónica de la frase. Concedemos, si es preciso, lo que se dice. Pero una cosa hemos de someter a la consideración, tan hipotética, de las derechas monárquicas, que así hablan y escriben. El error vivo en nuestras Constituciones anteriores —que eran nuestras, o sea del liberalismo de entonces, o no lo eran—, el error vivo en aquellas Constituciones fué, precisamente, esa homogeneidad que las informaba, a lo largo del texto, pensándolas de eficacia. La Constitución representaba una fuerza Victoriosa que se imponía. Y así, una vez -es la Constitución liberal, en pugna, por tanto, con el absolutismo, y otra vez la Constitución es de tipo absolutista, intransigente, muy siglo XIX español. Le Constitución subsiguiente se venga siempre de Ja anterior. Era el reflejo fiel de la lucha sobre las piedras de la calle, donde la libertad, siempre vencida, surgía siempre victoriosa. Tenían, en efecto, un carácter homogéneo en cierto modo aquellas Constituciones de nuestro siglo XIX. Defecto que, con mucho, soslaya el Código nacional de 1931.

Pisan falso, pues, quienes impugnan la novísima Constitución española con armas que, en fuerza de pueriles, se vuelven, en buena lógica, contra ello. La verdad anda por otra senda. No hay base ni motivo ni razón que aconseje pensar como piensan, aherrojadas por el despecho, los monárquicos que,- en síntesis, dan ya por muerta la Constitución y le preparan unas exequias magníficas, muy piadosamente, claro es. La mejor virtud de nuestra Carta nacional reside, a buen seguro, en su textura, resaltado de fusiones de ideales y aglutinante de opiniones dispares y concesiones mutuas. Será fuerte por la heterogeneidad de los materiales que forman su osamenta. Las Constituciones anteriores—aunque ninguna se forjó por una voluntad estricta—recibieron retoques de menor alcance, es cierto. La «gran mayoría homogénea» sólo está en coyuntura de realizar, en todo caso, una Constitución homogénea, v, en consecuencia, con perfiles notorios de secta. esto, que es contraproducente -en régimen de libertad, hubiera representado en la Carta nacional que, España se da a sí misma en 1931 error crasísimo. Ocurriría, como arguye la reacción, lo que en otras ocasiones. A nadie se le ocurre construir un edificio con el empleo exclusivo de argamasa.

Una vez más se equivocan las derechas al enjuiciar, dominadas por la nostalgia del «vieux régime», la vida posible de la Constitución. Aliada de la injusticia, la reacción repudia el equilibrio de la balanza de Temis. Como caminan de espaldas, buscan asesoramiento en siglos pretéritos. Pero lo hacen con tanto desacierto, que, filósofos de la -Historia, profetizan el pasado, de acuerdo con la ironía de Clarín.”

(Fuente: El Socialista, número 7121, de 5 de diciembre de 1931).


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