El diablo en la escuela
- Escrito por El Socialista
- Publicado en Déjà Vu
“Una vez en semana el buen maestro rural recibe por correo el alarmante aviso. Es una hojita roja o verde, chillona, anónima, que viene llamando apresurada al instinto de conservación del pobre padre de familia que es, casi siempre, el pedagogo –“No te fíes -le vienen a decir- porque aún no te hayan despojado de tu escuela: ya lo harán, si no te sabes defender, si no te alistas en un frente católico…”-. Y enseguida el boletín de inscripción.
El buen maestro duda y se queda intranquilo. Es hombre de paz; la revolución le inquieta, tiene en el fondo -¿por qué no?- su fondo religioso. La hojita aquella le ha quitado la alegría del domingo; en el lugar no abundan los motivos; y una leve inquietud, en la soledad del espíritu se hace dueña del alma. “Quitarme a mí la escuela.. ¿y por qué…?”. No hay razón, claro está, pero la obsesión no deja plaza al razonamiento. El maestro guarda la hojita verde, duerme intranquilo; y el lunes siente desconfianza de su escuela..
¡Qué bien entiende el diablo esta terrible teoría de la preocupación! Meterle al alma una polilla que no la deje en paz y poco a poco la devore, es triunfo del infierno. Y el fanatismo siempre se sirve de la mano del diablo. ¿Dónde hay dos cosas tan gemelas como el diablo y el inquisidor? Los días, sucediéndose, echan una sobre otra siete losas de olvido; y el domingo siguiente ya le coge al maestro como nuevo. Para mayor felicidad no ha venido el cartero. El maestro da su paseo, juega su mus, toma su fresco; y el otro lunes ya le amanece claro.
El lunes hay cartero. Y hay carta. Sobrecito chillón, dirección exacta en nombre y apellidos. ¿De quién será..? ¡Del diablo! Sí; el demonio eclesiástico escribe su segunda misiva, sarcástico y todo. Apremia para la salvación del alma; apremia para la salvación del pan. Blasfema contra la verdad, barbariza contra la República, y amenaza con la miseria de espíritu y de cuerpo al maestro que no se enrole en la santa cruzada.
El diablo, puesto al servicio de Ignacio de Loyola, las gasta de ese modo. Se filtra por los servicios de la República, se revela a los funcionarios, cataloga a sus maestros y les invita a Asociaciones subversivas. Descocadamente, hipócritamente, arrogándose potestad espiritual, reclamando obediencia en nombre del papa; atraillando maestros y maestras, con separación de sexos, claro es, a no se sabe qué ejercicios espirituales. El diablo jesuítico, o jesuitode -con perdón de Sassone-, tiene un fichero completo del Magisterio español; intenta gobernarlo, logra inquietarlo y procura ponerlo en contra de la Constitución del Estado. Este diablo, como estará seguramente ungido del obispo y con licencia del ordinario, participa de ciertos dones de los cuerpos gloriosos: es, por lo menos, impasible, ligero y sutil. Sin embargo, no debe ser difícil, no debiera serlo, irle a la mano, llamarle al orden, y mandarlo al infierno o la gloria, a su propio lugar. Y sobre todo prohibirle, incapacitarle la propaganda solapada y aviesa contra el régimen. El laicismo en la enseñanza es un precepto constitucional; contravenirlo, incitar a romperlo es un delito que castiga el Código y no se puede cometer impunemente. Conspirar contra la seguridad del Estado es caso semejante.
No sabemos qué organizaciones religiosas hacen esa propaganda sistemática y persistente. Recaban una influencia sobre el maestro nacional y la ejercen; le llaman a actos de disciplina y de obediencia extraños y frecuentemente opuestos a su misión oficial. La enseñanza es lo que la Iglesia quiere; como en ella está el porvenir, el clericalismo, que siempre la tuvo como presa, no la quiere soltar. Se defiende en la última trinchera; y siendo el maestro el agente mejor para cazar las almas, el diablo de Lozoya se ase de él desesperadamente.
Tal propaganda, repitámoslo cien veces, no es honrada ni lícita. Lo primero, como habla de la condición de sus propagandistas, lo teníamos descontado y no nos preocupa; lo segundo, por ser la propaganda contra la República, sí nos interesa subrayarlo para que no se tolere. A poco que se inquiera se dará con esos subrepticios padres espirituales; frailes de levita; ex frailes fugitivos del convento. Se los conoce a la legua. Insistiremos en el tema.
(Fuente: El Socialista, número 7319 de 22 de julio de 1932)