Los Karamazov y familia
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Quien se miente y escucha sus propias mentiras llega a no distinguir ninguna verdad, ni en él, ni alrededor de él»
Los hermanos Karamazov, 1881, Fiodor Dostoievski
En la Rusia de finales del s. XIX, en la que todavía se podía debatir acerca de la divinidad, el libre albedrío, la filosofía, el orden natural y la política, aparece esta obra monumental de la literatura universal. El parricidio es el eje móvil sobre el que transitan los acontecimientos, con un narrador omnisciente (pero con teleobjetivo) que se encargará de dar cierta coherencia a las diferentes personalidades y causalidades de los hechos durante los doce libros que componen la novela, pues la muerte del autor (cuatro meses después de su publicación) impidió su continuación, tal y como había anunciado. La trama gira alrededor de Fiodor, el padre, un noble rural ruso, que muere a manos de uno de sus hijos, un hombre mujeriego, despótico y desatento, ausente en las vidas de sus tres hijos legítimos Dimitri (el primogénito, dedicado a la carrera militar y más parecido a su progenitor), Iván (el intelectual racionalista y ateo) y Aliosha (el religioso) y de otro ilegítimo, Pavel (que trabaja como criado en la propia casa paterna). Con estos personajes y otros pocos más, Dostoievski realiza un magnífico estudio-retrato de la sociedad rusa en tibio proceso de modernización bajo los reinados de los zares Nicolás I y Nicolás II, moviéndose a través de la ambigüedad moral y ética de los personajes y del suceso que enmarca el relato para reflexionar sobre los grandes temas de la vida y lanzarse sobre un debate moral sobre la naturaleza del bien y del mal, dentro del movimiento realista que caracterizó todo ese periodo en las artes y letras rusas y mundiales. La realidad permite que, como casi siempre, el asesinato sea económico, ejecutado por 3000 rublos en disputa. Pero no todo es como parece y, a pesar de la sentencia y las apariencias, la condena de Dimitri como autor del parricidio se revelará como falsa. La opinión y los indicios parecen inculparlo claramente así que, una vez iniciado el proceso y señalado, poco escape tiene, aunque el culpable, el hijo ilegítimo, cual Judas, también se ahorque cuando ya todo sea demasiado tarde, porque esto sucede antes del poder exculpar a su medio hermano. El juicio es todo un espectáculo de la época, y no deja de plantear uno y el mismo problema que tenemos en la actualidad: la fuerza del dedo acusador social ̶ al igual que ahora, acentuado por los medios de comunicación y las opiniones dispersas y no siempre contrastadas de las redes sociales, que son capaces de ensalzar y condenar al ser humano en cuestión de segundos y para siempre ̶ algo que ya venía anunciando el autor en su otra gran novela, Crimen y castigo. Es la mente, la conciencia, dice Dostoievski, la que no nos deja permanecer ajenos a los actos que cometemos, el peso de la culpa y el poder sanador de la expiación, con tintes religiosos de redención, pero también el de la manipulación, las apariencias y la sociedad, que ejercen un profundo poder en el destino humano, los verdaderos motores que determinarán la existencia, con el agravante de saber que algunas decisiones están en nuestras manos pero otras no, y que también tienen el poder de determinar nuestro destino final, independientemente de la ética o moralidad, porque dependen de las apariencias y del juicio social, ante los cuales estamos, literalmente, perdidos. Así que si tomáramos nota de lo que esta novela nos está diciendo, deberíamos ser capaces de discernir y reflexionar antes de enviar a nadie al paredón en este siglo de opiniones gratuitas y juicios públicos abiertos, en los que basta un mensaje tergiversado o torticeramente redactado desde la impunidad del anonimato y la conveniencia para que cualquiera quede expuesto a la lapidación y la pérdida del derecho inalienable a la duda razonable sobre su culpabilidad. El resultado, fruto de la falta de empatía y la desunión socio-familiar, de la tiranía de los que debieran protegernos, sean padres, familiares o entes sociales, suele ser fatal, y la pérdida de los derechos del ser humano como ente individual ya es un hecho.
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.
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