Liesel, la ladrona de libros
- Escrito por Mercedes Peces Ayuso
- Publicado en Cultura
«Él (Rudy) era el chalado que se había pintado de negro y había desafiado al mundo. Ella, la ladrona de libros sin palabras. Pero créeme, las palabras estaban de camino, y cuando llegaron, Liesel las sujetó entre las manos como si fueran nubes y las escurrió como si estuvieran empapadas de lluvia»
La ladrona de libros, 2005, Markus Zusak
En su momento, mi amigo Jesús se empeñó en que la leyera. Me la recomendaba tanto, que al final acepté un poco a regañadientes que me la prestara, por esa tonta renuencia mía a leer bestsellers. Y me gustó tanto, tanto, que terminé comprándome el libro, viendo la película, y volviendo a releer la novela. Así que gracias, Jesús, allá donde ahora estés, gran ladrón de libros. Prácticamente toda la novela y la vida cotidiana de los personajes transcurre en su calle: Himmelstrasse, paradójicamente calle del cielo, donde viven, padecen, se esconden y mueren los personajes. Me gustan todos, porque están descritos con un profundo amor por la humanidad a pesar de los horrores que se narran. Son historias de gente humilde que tiene que vivir y sobrevivir en un entorno negro de odio bélico y de personas de gran corazón, aplastadas, dolidas y eliminadas por un nazismo engullidor. Y de esto es de lo que el autor australiano quiere hablar, de ese porcentaje de alemanes que no dudó en apostar su vida y su familia por ayudar a otros, a sus vecinos judíos, comunistas y demás perseguidos, tal y como se lo contaron sus padres que vivieron en la Alemania nazi en su infancia. La ladrona de libros no es la protagonista, para ello elige a Liesel, una niña alemana dada en adopción por una madre sin posibilidades de mantenerla a una familia humilde del sur de Alemania, cerca de Múnich, en un momento en el que el nazismo estaba en auge; una niña que llega siendo analfabeta y cuyo padre adoptivo Hans, un hombretón inmensamente tierno, le enseñará a leer, inculcándola un profundo amor por las palabras. Y luego está Rudy, su mejor amigo, un niño maravilloso, libre y ácrata que suelta todo el tiempo palabrotas y que bautiza a Liesel como Saumensch, una palabra tan difícil de interpretar que permanece en original (formada por Sau, cerda, y Mensch, ser humano, igual a cochina), porque va mucho más allá de la literalidad. Es casi un mote cariñoso. Y luego está Max, el judío escondido en el sótano de la casa y la persona que inoculará a Liesel la pasión por la literatura y las palabras, de forma que casi parece que el autor trascribe a través del espíritu de este otro joven escritor perseguido… y tantos otros personajes que se te quedan en el alma.
No quiero destripar la novela porque creo que hay que leerla y disfrutar de cada vida relatada entre sus páginas, así que esta vez permitidme que solo transcriba una de las muchas perlas que se esconden dentro:
«Miré, solo unos segundos. Hacía veintidós meses que no veía el mundo exterior. Quizá No hubo ni enfados ni reproches.—¿Qué aspecto tenía? —preguntó Hans. Max levantó la cabeza con gran pesar y estupefacción.—Había estrellas —contestó—. Me quemaron los ojos».
Mercedes Peces Ayuso
Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.
Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.
Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.
Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.
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