La habilidad del PP para navegar entre la suciedad
Como si se tratara de una enorme mancha de plásticos diseminados por el océano, que todo lo ensucia y lo enturbia, así actúa el PP cada vez que negocia alguna cuestión.
- Publicado en Opinión
Doctora en Filosofía por la Universidad de Valencia.
Tutora de Sociología en la UNED (Valencia)
Miembro del consejo de redacción de la revista Temas para el Debate, y crítica de libros de la revista Sistema.
Articulista en la revista digital Sistema Digital.
Miembro de las asociaciones literarias Concilyarte y Clave.
Ha codirigido cursos de la UIMP (Valencia)
Miembro de varias ONG Greenpeace, Médicos Sin Fronteras, Cruz Roja, Amnistía Internacional y Fundación Hugo Zárate.
Coordinadora de actos culturales: mesas redondas, presentaciones de libros, encuentros literarios y exposiciones.
Varias publicaciones: artículos de prensa, críticas de libros, artículos de reflexión filosófica, antologías poéticas, novela y ensayo.
Como si se tratara de una enorme mancha de plásticos diseminados por el océano, que todo lo ensucia y lo enturbia, así actúa el PP cada vez que negocia alguna cuestión.
Si en el mundo globalizado que vivimos, cualquier acontecimiento que ocurra en el planeta resulta significativo para nuestra vida política-social, más importante resulta para España conocer lo que ocurre en América Latina. Nuestros lazos culturales y fraternales, comerciales y lingüísticos, han hecho siempre que nos sintamos próximos a aquel gran y diverso continente.
No hay mejor aniversario que los españoles podamos celebrar que el fin de ETA. Deberíamos estar todos unidos bajo la consigna del triunfo de la democracia española, porque desde hace 10 años se vive en paz.
Una vez más, y como nos tiene acostumbrada la oposición parlamentaria, tanto PP como Vox, sus debates en el hemiciclo, semana tras semana, dejan mucho que desear. No se les pide un alarde de imaginación ni siquiera de constructivismo social; se les pide tan solo respeto y educación.
No voy a demonizar las redes sociales cuando todos las utilizamos de forma cotidiana, porque ya no podemos vivir sin ellas. Social y culturalmente somos seres tecnológicos. Y bienvenida sea la tecnología que tanto nos facilita la vida, el trabajo y las relaciones.
Resulta pronto para determinar cuál será el papel de Alemania sin Merkel.
Escribo este artículo tras escuchar el debate del Congreso de Diputados que se inicia después del periodo estival. Y qué decirles. Como si el tiempo no pasara, Casado y Abascal continúan con un discurso agrio y falaz con sus matices personales.
Permitan que mi reflexión de esta semana sea para recomendar la lectura del artículo de Antonio García Santesmases, “Cuatro años”, publicado en el nº 42 de la revista Argumentos Socialistas ([1]).
Ha sido un verano de luces y sombras, como siempre ocurre. Vemos cómo va avanzando la vacuna como solución a la pandemia del coronavirus, pero no acaba de erradicarse definitivamente el problema, ya que surgen nuevas variantes y todavía el ritmo de vacunación a nivel mundial es bajo (en España vamos a un altísimo ritmo).
Comprendo que resulta difícil elevar la mirada social un poco más allá de nuestras propias fronteras nacionales, autonómicas o, a veces, incluso locales. Porque la complejidad de lo que ocurre “fuera” se nos hace, no solo incomprensible, sino inabarcable.
Desde estas páginas, Javier García Fernández analiza con ejemplos la sentencia del Tribunal Constitucional. Podemos encontrar la explicación jurídica a lo que está ocurriendo en sus artículos.
Hacer política representa complejidad. La política significa tomar decisiones, correr riesgos, procurar buscar soluciones, desencallar problemas, incluso abrir caminos aunque resulten polémicos, inciertos y controvertidos.
Si hoy hay una noticia que me ha despertado sobresaltada ha sido, sin duda, la polémica normativa aprobada en el Parlamento húngaro que prohíbe hablar de la homosexualidad en los programas escolares, que se prohíbe exponer contenidos sexuales a los menores de 18 años, que incluso prohíbe anuncios publicitarios donde aparezcan dos hombres, que prohíbe lecturas juveniles que pueda considerar perjudiciales, incluso podemos ver cómo se cuestionan películas que visibilizan la homosexualidad desde el respeto, la dignidad y el amor como puede ser el caso de Billy Elliot (como así indican opositores húngaros), y que tiene cargas de profundidad homófobas siguiendo la estela iniciada por Putin en Rusia, como señalan entidades de derechos humanos que comparan estas medidas legislativas con la ley rusa de 2013.
Ya sé que la convulsa actualidad no cesa de generar polémicas, gritos, polarizaciones, extremismos, enfados, palabras malsonantes, insultos, y no sé cuántas cosas más que exacerban nuestros ánimos, nos enemistan y no separan en orillas difícilmente reconciliables.
Decir que Pablo Iglesias se equivocó en muchas cosas, sobre todo, en su estilo y en sus formas, también en su estrategia, no aporta nada nuevo.
En España parece que tenemos dos problemas: Madrid y Cataluña. Lo siento pero así lo pienso.
Resulta muy difícil realizar análisis sobre elecciones cuando no se comprende el voto ciudadano. Y yo confieso que no lo comprendo. He entendido la estrategia del PP y su magnífica campaña “ayusista”, pero eso no quiere decir que comprenda ese nacionalismo madrileño, que se ha ido fomentando desde los sentimientos más exacerbados e insolidarios, y que ha calado de forma tan sólida.
¿Qué ocurrirá con el sistema político global cuando pase la pandemia? Sobre todo, ¿dónde quedará Europa?
Hay algo que me tiene más alucinada que la propia Isabel Díaz Ayuso: sus votantes.
Sé que estamos todos muy ocupados con las mociones de censura y con las elecciones de Madrid, que nos han hecho olvidar de algún modo si existe o no la pandemia. Pero ya tendré ocasión de comentar sobre estas situaciones próximas, porque hoy necesito GRITAR por lo ocurrido en Turquía. Y no quiero que pase por alto por la gravedad que tiene.
Durante muchos meses he evitado escribir sobre Díaz Ayuso por dos razones: una, porque, en mi opinión, era darle una publicidad inmerecida e innecesaria que genera hartazgo, y es que, todo lo que ella dice, por el hecho de estar en Madrid, se convierte en importante para los medios de comunicación, aunque sea una supina tontería, y España es muchísimo más que Madrid (nadie se imagina que algún presidente autonómico tuviera tantos titulares con tan poca miga). Y, dos, porque me resulta difícil calificar a este personaje, y procuro emitir opiniones razonadas (aunque siempre no lo consiga), pero en este caso, tengo mi razón alborotada ante este huracán de despropósitos que es Isabel. Lo más educado que podría decirle es que es digna heredera de Trump, pero seguramente eso le haría sentirse orgullosa.
Llega el 8 de marzo, una fecha esencial para el reconocimiento de los derechos de la mujer y que, sin duda, es importante para las mujeres y para los hombres. Sí, también para los hombres. Muchos lo han entendido: todos aquellos hombres que no tienen miedo a perder privilegios sustentados sobre el poder del varón y la sumisión de la mujer porque prefieren encontrar una compañera, una amiga, una amante, una mujer libre que una vasalla. Sobre todo, porque ellos ganan también: se liberan de estereotipos, pueden ejercer de padres, dejan de ser los “machotes” violentos, y pueden dejar de fingir.
Cuando recordamos con amargura los 40 años del intento de golpe de estado, aquel 23 de febrero que pudo ser fatídico y que, afortunadamente, la joven democracia española pudo frenar, convivimos con ciertas contradicciones, algunas de ellas fruto del desconocimiento o del olvido.
Me niego a aceptar que los aficionados al fútbol, los apasionados de los colores de un equipo (sea el Barcelona CF o el Real Madrid, por las dimensiones que manejan de salarios de sus jugadores) aceptan impasibles lo que a mí me remueve hasta los higadillos.
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