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¿Por qué rechazar una nueva Constitución en Chile?


  • Escrito por Gonzalo Andrés García Fernández
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

¿Qué llevó a la ciudadanía de Chile rechazar una nueva Constitución que, al parecer, venía a revitalizar los valores y el carácter de la nación? ¿Es por miedo, desconfianza o se trata de una mezcolanza de todo lo anterior sumado a una fuerte sensación de incertidumbre por el porvenir inmediato? Sea como fuere, cada votante sabrá por qué rechazó o aprobó el proyecto de nueva Constitución en el año 2022.

La Constitución de 1980 es bien conocida. Fue establecida durante la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet, y pensada e impulsada bajo nuevos criterios de lógica económica y política, que desencadenarán, más tarde, en cambios estructurales de la cultura y la sociedad chilena hasta el tiempo presente. Los Chicago Boys y su decálogo neoliberal para Chile impregnó la Carta Magna de entonces, y la praxis política de la dictadura así lo atestiguó. Más aún, en momentos posteriores, ya en “democracia”, se profundizó en todo lo sembrado en dictadura: el neoliberalismo se consolida.

El shock social provocado a través de un autoritarismo militar y económico en tiempos de Pinochet son también conocidos. El país se reinició bruscamente, y convocó un nuevo porvenir prospectivo que parecía haber tenido su primer serio revés en octubre de 2019. En el denominado “estallido social”, en el “Chile despertó”, tuvo un desarrollo vertiginoso en un principio, pero que al final terminó por desencadenarse como un proceso un tanto irregular a lo largo de los años 2020 y 2021. La pandemia también jugó su papel, al igual que las decisiones políticas tomadas por la presidencia de Sebastián Piñera a raíz de ello, con el objetivo de enfriar las movilizaciones y el fervor por la necesidad de cambios. Nada más lejos de la realidad. La represión aceleró las movilizaciones y las intensificó.

Una vez llegado los momentos electorales presidenciales en el país (2021), se estableció una fuerte ligación entre los miembros del actual gobierno de Gabriel Boric y el estallido social en Chile, pero también hacia el proceso constituyente. Por supuesto, los medios de comunicación y las campañas de manipulación mediática jugaron su papel para que se estableciera esta ligación como única posibilidad de ver el momento político y social en Chile. Todo se magnificó al llegar el periodo de votación que recientemente finalizó con el rechazo a la nueva Constitución para Chile.

Teniendo todo esto en consideración, ¿por qué se votó mayoritariamente rechazo el pasado domingo 4 de septiembre? Al tenor de todo lo explicado, se antoja pensar en las siguientes posibilidades:

  1. Desilusión de los protagonistas de las movilizaciones. Las personas que vivieron las movilizaciones como protagonistas e, incluso, las que sufrieron graves consecuencias lesivas como la mutilación (casos de pérdida de uno o dos globos oculares), prisión o la muerte, vieron en el nuevo gabinete presidencial de Boric una salida a sus principales problemas diarios: financieros, laborales, de seguridad ciudadana, educacionales, de futuro (pensiones), etc. Ante unas elevadas expectativas y una falta de correspondencia de estas con la realidad, se desencadenó una desilusión colectiva por gran parte de los que marcharon desde el pasado octubre de 2019 hasta ahora. Esto no culpa directamente a Boric y su equipo, ya que los problemas que adolece la sociedad chilena tendría diferentes tiempos para abordarlos: corto, medio y largo plazo. En este sentido, una mentalidad de mediano-largo plazo no se puede imponer en personas que sufren pobreza y precariedad en el corto plazo, y que el mediano-largo plazo es una entelequia.
  2. El “Chile despertó” no fue homogéneo. Tras el estallido social llegó la euforia y el clamor por los cambios, sobre todo en los sectores cercanos a la izquierda social y política en el país, pero también en el extranjero. El mundo se fijó en lo que sucedía en Chile. Se visionó y se pensó el estallido y postestallido social en Chile como un todo homogéneo que vino a cuestionar las causas estructurales de las negativas consecuencias del neoliberalismo asentado en el país. En añadidura a ello, muchos fueron los que creyeron en que las movilizaciones tuvieron una única motivación común: generar los cambios necesarios en el país para darle la vuelta al sistema político, económico, social e incluso, cultural chileno, que giraba y sigue girando alrededor del neoliberalismo. Por consecuencia, los que se adhirieron a esta visión no llegaron a ver lo que estaba detrás y delante de todo esto. Se creó una narrativa romántica del proceso, lo que no necesariamente es pernicioso para el movimiento. Sabemos que las narrativas históricas vigorizantes y estimulantes sirven para nutrir a las sociedades de esperanza e ilusión por un mejor futuro. El problema está cuando esta narrativa impide ver con claridad los pormenores de los hechos y situaciones que rodean, en este caso, el “Chile despertó”. En otras palabras, la narrativa del “Chile despertó” fue una hoja del doble filo, que traicionó las ilusiones de los más creyentes en el apruebo (una minoría nutrida) y que, al mismo tiempo, les impidió comprender lo que se estaba desarrollando realmente: nunca existió un sujeto “sociedad chilena” que realmente haya “despertado”, entendiendo esto último como la comprensión reposada de las causas estructurales de las consecuencias del neoliberalismo chileno (precariedad laboral, individualismo, competitividad salvaje, degradación de lo público, cultura de la deuda, hedonismo de consumo, etc.). Para ello se necesita más tiempo, pero los que sufren y no pueden aguantar más no disponen de dicho tiempo. He ahí el gran dilema.
  3. Infoxicación y delegación del proceso constituyente. No podemos obviar a las informaciones y desinformaciones que surgieron a raíz del estallido hasta nuestros días. Específicamente en torno a la que postulaba como la nueva Constitución. En torno a ella se inició una campaña de denostación importante en los principales medios; de manipulación, medias verdades, y tergiversación. Esto también es muy sabido, pero el problema, entendemos, va más allá. ¿Llegó realmente a influir esto en las personas que votaron el pasado domingo? La respuesta es depende de las personas. Para los más fervientes creyentes seguramente no. Para los desilusionados o indecisos, seguramente sí. Entonces, todo parece apuntar a que estos últimos, los desilusionados e indecisos, fueron mayoría. Es muy probable que muchas de estas personas no hayan generado argumentos sólidos para justificar el rechazo, si no más bien hayan rescatado eslóganes y discursos breves prefabricados por otros (medios de comunicaciones, políticos, influencers, etc.). Dicho de otra forma, nunca llegaron a pensar con calma todo este proceso, si no que más bien dejaron que otros pensaran este proceso por ellos. En definitiva, se delegó el pensar el Apruebo o el Rechazo, una situación que en gran medida se provocó por la presión de una infoxicación, tanto para los intereses del Apruebo o el Rechazo. No obstante, es cierto que los grandes poderes, entendidos estos como los que tienen grandes intereses financieros, económicos y políticos en el país, no les interesaba un cambio de paradigma, menos uno que fuese en contra de dichos intereses de acumulación de capital o de un engrosamiento de sus pretensiones, por lo que su papel en esta infoxicación fue clave.

Si tenemos en cuenta estas tres posibilidades podemos pensar en un serio cuestionamiento del verdadero alcance del estallido social de O-19, así como del relato del “Chile despertó”. A su vez, podríamos ligar todo ello a como catalizó el fervor político el momento institucional-político, entendido este como el fervor ejercido por ciertos partidos o agrupaciones políticas. De esta manera, pensaríamos que el actual gobierno se aprovechó de dicho momento para ganar las elecciones de noviembre de 2021, lo cual no es malo per se. Lo que sucede es que ese hecho cuesta de reconocer, sobre todo en el contexto de relatos y narrativas que elevaban lo que sucedía en las calles a algo más de lo que era en realidad.

En definitiva, las expectativas eran muchas y casi a modo de montaña rusa, el proceso de cambio de constitución genero más zozobra e incertidumbre que ilusión. Lo cierto es que una constitución no necesariamente es el principio del fin, si no más bien una declaración política y simbólica de intenciones, sobre todo en el espectro de los valores y motivaciones que debe y debería tener el Estado, es decir, pensándolo prospectivamente, más allá del gobierno de turno. En ese sentido, la constitución es un valor ciudadano, por lo que en el futuro se antoja necesario una independencia entre el factor de cambio en la constitución, que incluye un ejercicio de crítica y reflexión constante, con el momento institucional o presidencial de turno, ya que habitualmente solemos delegar nuestras ilusiones en determinados sujetos y partidos políticos.

Así pues, el rechazo igualmente puede ser vista como una oportunidad para seguir revisando el momento social y cultural en Chile en vistas de cambios que generen un inicio para finalizar con el modelo neoliberal en Chile. Para que eso llegue, lamentablemente no es suficiente un estallido social. Se requiere de más elementos que tienen que ver, sobre todo, con nuestras capacidades de pensamiento crítico para lograr, entre otras cuestiones, discriminar las informaciones y generar argumentos auténticos y sólidos en vistas de una discusión política que se entrevé, a todas luces, en permanente evolución y desarrollo.


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