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Yolanda y la esperanza de la izquierda interrumpida


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

En el primer acto de la plataforma Sumar y bajo un sol de justicia mi grupo de amigos y yo hemos visto mucha más gente nueva y joven de aquella con la que ya habíamos coincidido otras veces en el activismo y en la militancia política dentro de la izquierda. También hemos podido percibir un buen ambiente de unidad entre nuestras tan dispersas y baqueteadas sensibilidades. En especial, me ha encantado ver a los históricos activistas de la memoria histórica. Los mismos que frente al relato de la derecha fueron primero dirigentes de la resistencia antifranquista y luego del logro de la concordia en la Transición. En resumen, se debería reconocer en general y deberíamos reconocer entre nosotros que al menos se ha generado una expectativa y que hay esperanza entre las gentes de la izquierda. Lo que no es poca cosa.

Sin embargo, por parte de las derechas se intenta presentar la iniciativa encabezada por Yolanda Díaz como un mero maquillaje 'Disney' de los comunistas y de izquierda de siempre, con el viejo esquema de mi época universitaria, donde todo lo que se movía era obra de los comunistas o sus compañeros de viaje.

Como si, salvando las distancias, tampoco ahora hubiera razones para moverse y como si la presencia entre otros de los comunistas fuesen un estigma para con ello negar la existencia de las desigualdades o de los conflictos. A los más de cuarenta años de democracia vuelve, ésta vez unido a la antipolítica un anacrónico y reaccionario anticomunismo proyectado desde la nostalgia del franquismo en su nueva forma del nacional_populismo de la ultraderecha y de otros sectores conservadores.

Por otra parte, se esgrime por parte de uno y otro lado del espectro ideológico la crítica a la llamada de Yolanda a la amabilidad y la ternura como si éstas fueran ajenas a la política, paradójicamente junto con el elogio de la nueva estrategia de moderación en la derecha, lo cual no solo demuestra un sesgo evidente de unos sino también la aversión a la ruptura con el cliché bronco de la indignación por parte de los otros. Se olvidan del eterno reto, hoy más vigente que nunca, de conjugar razón y emoción en la política concreta.

Precisamente por eso, el proyecto Sumar pretende provocar un movimiento civil para reconectar la política y la ciudadanía en un momento de desafección política monopolizada por el conservadurismo y por el resentimiento del populismo de ultraderecha.

Es verdad que la plataforma se lanza desde una posición de minoría, pero dentro de la coalición progresista que tiene la responsabilidad de gobierno, lo que obliga al realismo en los objetivos y en las propuestas. He ahí una de las principales fortalezas, que no de la debilidad del proyecto como algunos pretenden.

En su momento, la estrategia populista logró hegemonizar la indignación expresada el 15M e integrarla junto a una parte de la izquierda. El problema es que lo hizo como ruptura con la tradición y la cultura de la izquierda, en torno al espejismo del asalto a los cielos como eufemismo del salto revolucionario, el borrón y cuenta nueva con respecto a los compromisos de la Transición y la quimera de que todo sería posible por encima de la representación democrática que necesariamente es pluralidad, así como de la legalidad y de las instituciones de la democracia representativa, provocando con el inicio del declive electoral al contacto con la realidad de la acción política y con la beligerancia del estatus quo más allá de los límites de lo admisible en democracia, una nueva sensación de frustración.

Esa es la razón principal que motiva la entrada en el gobierno, en que se ignora sin autocrítica y sin arrumbarla la estrategia populista de la casta y del sorpasso para volver a la praxis política del reconocimiento de la pluralidad, de los acuerdos y de los compromisos de gobierno, propias de la tradición y la cultura política de las izquierdas que se construyeron desde la transición a la democracia. Aunque durante un tiempo se haya prolongado artificialmente y de forma conflictiva la pretendida compatibilidad entre ambas.

El punto de inflexión en el gobierno ha sido desde el prisma de la imagen el sonoro abandono de la vicepresidencia del gobierno por parte de Pablo Iglesias. Sin embargo, el punto de inicio del avance de un recuperado proyecto de transformación real de las condiciones de vida de las personas han sido, de forma principal, las medidas políticas de la reforma de la estructura laboral, de aprobación accidentada en el Congreso de los diputados. Tanto por su significado como bautismo de fuego, como por el diálogo y el modelo de concertación social frente a la imposición de la derecha y asimismo debido a los resultados logrados con el cambio cualitativo de nuestro hasta entonces modelo precario de empleo. Es verdad que está pendiente el mantenimiento de diferencias entre sectores y entre empresas con mayor o menor presencia sindical, y que también su aplicación está condicionada por la debilidad de los recursos de la inspección laboral.

Todo esto ha convertido a Yolanda en la dirigente mejor posicionada para representar una izquierda seria y amable, capaz de unir a los propios, de entenderse con los ajenos y de ilusionar a un espacio político disperso y desconcertado y a un espacio electoral desmovilizado preso de la impotencia del fatalismo del poco menos que inevitable cambio de ciclo conservador. Estamos ante la reconstrucción de una izquierda a la que sí teme la derecha económica. Una izquierda pensada desde lo realmente existente y, por eso, con capacidad transformadora.

Porque el declive electoral de la izquierda en las últimas elecciones en las CCAA de Madrid y Andalucía no se resume en la simplificación de la alusión a nuestra inveterada fragmentación, para a continuación buscar unos u otros responsables. Tiene que ver ante todo con lo que hemos decidido, con cómo lo hacemos y asimismo con la forma cómo lo ven y lo interpretan los ciudadanos y la clase trabajadora.

Por eso tampoco existe contradicción entre el proceso de apertura ciudadano, la tarea de gestión política en el gobierno y la reformulación imprescindible de los partidos de la izquierda. Son mutuamente necesarias.

No sólo es necesaria la regeneración democrática de los partidos, sino una evolución cualitativa de su función pública, estructura y posición política, consustancial a la democracia por otra parte.

Se trata de pensar y sumar al tiempo desde el gobierno y en contacto con la ciudadanía para contribuir a mantener la mayoría de gobierno con la perspectiva del cambio social.

 

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.


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