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Ouka Leele: esos ojos grandes donde el mar sonríe


  • Escrito por Diego Medrano
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)
Ouka Leele en una foto de Festival de Cine Africano Tarifa Tánger- FCAT vía flickr. Ouka Leele en una foto de Festival de Cine Africano Tarifa Tánger- FCAT vía flickr.

Tenía los ojos grandes de quien vio El Prado a la altura de la rodilla para no olvidarlo jamás y colorearlo a ritmo de piruleta. La acuarela fue una forma de firmar fotografías que nunca quiso tristes ni en dos colores (b/n), como aquella España dura y sin alternativas. Bárbara Allende Gil de Biedma (1957-2022) detuvo la primavera en Madrid para destilar una Movida que entonces solo fue un brote. Caras de chicas repletas u orladas de naranjas, chicos con el brillo de los lápices Alpino como las películas que todavía ama Garci, amarillo taxi neoyorkino, rojo Marilyn, verde pino. Almódovar entendió que ese era su rollo, el color chillón, así Bárbara/Ouka diseña todos los sombreros de Laberinto de pasiones (1982), algo propio de quien pisó mucho suelo para llegar al cielo, parándose antes a recoger todas las estrellas caídas por el suelo como si fueran otras joyas.

El nombre/pseudónimo (Ouka Leele) llega con el amor (El Hortelano), y así enamorándose hasta la médula de un tío muy feo multiplica bondad por verdad, una ecuación radioactiva en los muy cultos. Una estrella dio nombre a toda una vida compartida. Llegaron las flashes con Rapelletoi, Bárbara! (“Acuérdate, Bárbara”), primer verso del poema Bárbara de Jacques Prévert, y la plaza de Cibeles convertida en mitología y erotismo, muchos dioses y todos en bolas, carnicería y repostería para niños también de ojos grandes, junto al mástil de una rodilla dura, como le tocó a ella. Atalanta e Hipómenes nunca protagonizaron tantos sueños húmedos y sudores de almohada.

Llegaron el Premio Nacional de Fotografía (2005) y varias medallas/homenajes en la Comunidad de Madrid (la última hace días). Llegó hasta un Premio Nacional de Ilustración, El cantar de los cantares (2002), con prólogo de Luis Alberto de Cuenca, flor de cuño en todas las bibliofilias nerviosas. Reunió todos sus poemarios en De la embriaguez desnuda (2020) y Rafael Gordon le hizo una película que llegó a los Goya –sin premio- como mejor documental: La mirada de Ouka Lele (2009), premio Alfa y Omega en la Real Academia de Bellas Artes de Roma. Ni la melena color ceniza por el paso de las primaveras, ni el cáncer oculto, apagaron la brasa de una pupila inocente voraz. Un feo eterno, José Alonso Morera Ortiz (1954-2016), El Hortelano, le dio clases grandes de alucinación y mundos fantásticos en brilli-brilli.

Qué pareja. Qué brujos. Los magos en Cascorro Factory, puesto del Rastro donde acabaron los estudios de Farmacia del notas, con dos satélites para que el planeta tuviera siempre luz y no dejase de girar, Ceesepe y García-Álix. Madrid fue un bocado amarillo con sabor a mar. Madrid fue su exposición Moda (1980) donde El Hortelano acude en ambulancia y con una lubina por corbata. El amor era hacer feliz al otro mientras sacamos de sí lo imprevisto para ambos. A partir del 82 llegan como sombras ácidas en La edad de oro de Paloma Chamorro y sus litronas. En el 85 llega a Nueva York con El perdón de los pecados, viejo almacén en Tribeca junto a Ceesepe, lo mismo que en el Rastro pero con distinto precio, milla de oro para quien bailaba todas las noches con Velázquez y Goya, El Greco y El Bosco. Jesús Hortelano fue el pincel/rotring que llenó de imágenes un cerebro social nuevo e insólito: El viejo topo, Ajoblanco. Star, Triunfo) y así Ouka hace lo propio con discos legendarios (Ilegales) donde una corbata y una pistola son llevados por el mismo viento sin raspas ni lascas al peso: la cosmética entera del Capitalismo y sus enanitos.

Ouka Leele, el mar en los ojos, una colección de pecas por el cuello para siempre, la alegría fucsia de los vampiros, todo por un bote de Colón, mecenas que fueron Penthouse y Playboy, allí en el cuarto de baño de todos los españoles donde se oía mucho la cisterna y siempre estaba ocupado. El surrealismo es un ángel de cómic con toda la vida y el sexo de los objetos encontrados. Retratos con pulpos en la cabeza y otro collar de limones. El Prado fue su botellón; las monjas, y el Opus, apenas unas gotas. En los mejores retratos estridentes, dos brazos en alto, en uno el cóctel y el otro el cigarro. Madrid fue una calle que no cierra nunca y unos labios calientes, de muchacho feo, donde otro cortocircuito nos separa de lo que pasa. Madrid fue un atreverse, un pasarse, y unas gotas de Montaigne en los fanzines gloriosos, a veces cambiados por tachuelas, botazas o cinturones.

Ella no morirá nunca porque la llevamos muy dentro, en el ombligo al aire, la camiseta a rayas por encima, todos abrochados por la chupa helada corta y las gafas de sol para el calorazo que llega. Ella no morirá nunca porque sabe a caña bien tirada, gambas por el suelo, servilletas donde haikús y aforismos limpian los piños un poco para otro muerdo. Garaje de rock peludo, botellines en casoplón de techos altos, el aire a bocanadas en el balcón, como los besugos, porque dentro el humo se come a cucharadas de yogur. Ouka Leele partió hacia la estrella que más lejos queda. Nunca la distancia fue tan corta entre la realidad y el deseo, apenas un paso. Jamás esa pareja Hortelano/Leele cotizó tantos ojos a su paso. Los interrogantes solo quedan bien en algunas patillas de rostros muy bien afeitados, muy masculinos. Los planes son lo que haces después de haber trabajado durante todo el día. Fueron nuestro sueño de dálmatas y lujo en la casa del pobre. Nuestros divanes de peluche rojo sin un céntimo. Las mejores miradas con los ojos cerrados, como vigila un imposible.

 

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