La guerra de Ucrania ha modificado las previsiones para 2022
- Escrito por Julio Rodríguez
- Publicado en Opinión
En las previsiones del Fondo Monetario Internacional de febrero de 2022, dicho organismo señalaba que las perspectivas económicas se habían debilitado al inicio de 2022. El Fondo preveía en febrero de 2022 una desaceleración del crecimiento del PIB desde el 5,9% en 2021 hasta el 4,4% en 2022. Dicho crecimiento sería del 3,9% en 2022 en los países desarrollados. Tales previsiones para 2022-23 eran inferiores a las realizadas en octubre de 2021.
Según el Fondo, un amplio conjunto de variables inclinaba a la baja las previsiones de crecimiento: entre tales variables destacan la presencia posible de nuevas variantes del Covid-19, la prolongada irrupción de perturbaciones en las cadenas de montaje, la volatilidad de los precios del petróleo y gas, o la posible reacción al alza de los salarios para compensar los precios más elevados.
Los mayores precios de los productos energéticos reducen la renta disponible de los hogares, deprimen la demanda y provocan situaciones de difícil supervivencia para las empresas, con lo que llega a producirse una recesión, esto es, una reducción del PIB
Se destacaban también los riesgos derivados de los cambios en el perfil de la política monetaria, lo que podría dar lugar a elevaciones en los tipos de interés. El Fondo consideraba los cambios geopolíticos como un notable factor de riesgo. Dicha previsión se ha visto confirmada por la invasión de Ucrania, país independiente, por parte de Rusia en la madrugada del día 24 de febrero de 2022. Esta invasión ha estado acompañada de invocaciones al empleo de armas nucleares por parte del país invasor y por la imposición de importantes sanciones por parte de los países occidentales a Rusia, país invasor.
Se trata no tanto de un conflicto entre países occidentales y países comunistas, sino entre un país dominado por un tirano irredento y países con un marco político liberal y respetuoso del Estado de Derecho (Martin Wolf, “Putin ha reabierto el debate entre la tiranía y la democracia liberal”, ‘Financial Times’, 1.3.2022). Tales invocaciones y el desarrollo de una amplia y violenta agresión a Ucrania han creado un clima de incertidumbre que no favorece al crecimiento general de la economía.
La realidad de la guerra implica un serio riesgo de un amplio daño económico. La inflación ya había reaparecido antes del estallido de la contienda, como consecuencia de políticas fiscales expansivas desarrolladas en el caso de Estados Unidos y por la práctica de una política monetaria ampliamente expansiva por parte de los bancos centrales. Sin embargo, la historia revela que la guerra es la causa más conocida de las principales aceleraciones de la inflación. La inflación no se va a limitar a las subidas de los precios de los productos energéticos, sino que también se va a extender a los productos alimenticios, a la vista sobre todo de la importancia que presenta la producción cerealista de Ucrania y de Rusia. Dicha producción de productos alimenticios va resultar seriamente perjudicada por la extensión de la guerra a todo el territorio de dicha nación.
Existe, pues, un riesgo importante de que se repitan situaciones de ‘oíl shock’ que fueron abundantes en los años setenta del pasado siglo. Ello sucedió cuando el precio del barril de petróleo se elevó desde los dos dólares por barril al inicio de 1973 hasta unos ochenta dólares en 1978, en este último año como consecuencia del cambio de régimen político en Irán.
Los mayores precios del petróleo provocan una inflación generalizada, situación que no puede atajarse con medidas de carácter keynesiano. Los mayores precios de los productos energéticos reducen la renta disponible de los hogares, deprimen la demanda, provocan situaciones de difícil supervivencia para las empresas, sobre todo para las mayores consumidoras de energía, con lo que llega a producirse una recesión, esto es, una reducción del PIB. Eso tiene como consecuencia un aumento del desempleo, a la vez que empeora la posición de la balanza de pagos por los mayores precios que hay que pagar al resto del mundo por los consumos de petróleo y gas.
En 2022 ha descendido el peso del petróleo dentro de los consumos energéticos desde el 48% de 1973 al 23% en 2022, mientras que se ha elevado el consumo de gas natural desde el 16% de 1973 hasta el 23% en 2022. En las presentes circunstancias hay riesgos de mayores precios de gas y petróleo, y hay un problema adicional, que es el derivado del importante peso de Rusia en la oferta de gas natural y también de petróleo. Bajo dicha circunstancia, hay países de Europa que dependen dramáticamente del consumo de dichos combustibles, destacando sobre todo el caso de Alemania.
La guerra de Ucrania ha empezado a fines de febrero de 2022, pero no se sabe ni cómo terminará ni las consecuencias globales que va a ocasionar. En la economía habrá de reducirse el peso de los suministros de gas y petróleo procedentes de dicho país, fomentando la producción de energías renovables, y también habrán de destinarse más recursos a gasto público de defensa. En este momento la situación se caracteriza, pues, por una amplia incertidumbre acompañada por una alta inflación.
La Reserva Federal de Estados Unidos ha elevado el 16 de marzo de 2022, por primera vez en tres años, los tipos de interés desde el 0% hasta el intervalo del 0,25-0,50%, y ello como una actuación encaminada a reducir el intenso aumento de los precios en dicho país, cuyo aumento interanual de los precios de consumo se ha aproximado al 8%. En la Eurozona el crecimiento intertrimestral del PIB se desaceleró desde el 2,3% del tercer trimestre hasta el 0,3% en el cuarto trimestre del pasado año.
Numerosos países están adoptando medidas para reducir la incidencia de los mayores precios de la energía sobre algunas actividades productivas. No se confía en los resultados de tales políticas, adoptadas ante la cambiante realidad económica. En medio de la confusión sobre cómo va a reaccionar la economía ante todos los problemas derivados de la guerra de Ucrania, a lo más que se llega es a afirmar que las previsiones globales para 2022, incluida España, serán peores que las que previamente se habían establecido y a que las consecuencias definitivas dependerán de la evolución de la guerra.
Julio Rodríguez
Vocal del Consejo Superior de Estadística del INE. Doctor en CC. Económicas por la UCM (1977). Es Estadístico Superior del Estado, en situación de excedencia, y Economista Titulado del Banco de España, en situación de jubilación. Ha sido consejero de Economía de la Junta de Andalucía, presidente del Banco Hipotecario de España, presidente de Caja de Ahorros de Granada, presidente del Consejo Social de la Universidad de Granada y gerente de la Universidad de Alcalá de Henares. Actualmente es miembro de Economistas frente a la Crisis y de la Plataforma por una Banca Pública.