Caravana de vida
- Escrito por Mikel Navarro
- Publicado en Opinión
El viernes 11 de marzo once personas partíamos apresuradamente hacia Polonia en un convoy con material humanitario. Cinco furgonetas se disponían a atravesar Europa para recoger familias de refugiados ucranianos. La idea había surgido de forma espontánea, mi amigo Rubén García poco a poco había conformado un grupo de vecinos de Noáin del cual fueron sumándose otras personas de diferentes puntos de Navarra. A todos nos empujaba una fuerza especial por ayudar a personas vulnerables que sufren este mundo de injusticia y crueldad en el que vivimos.
En poco más de dos horas supe que íbamos a partir, con lo cual hice la maleta de forma apresurada. Ciertamente el viaje estaba pensado para iniciarlo el lunes y no para ese mismo viernes, así que sin pensar mucho más nos pusimos manos a la obra, cargamos las furgonetas y nos organizamos de la mano de Nacho Laquidáin que coordinaba el convoy. Del uno al cinco numeramos los vehículos, yo iba en el 2 junto a Juanjo Serrano, a Serrano lo conocía de toda la vida y aunque no éramos del mismo grupo de amigos él estaba casado con mi vecina Garbiñe y el hermano de ésta, Iñaki, había sido una persona inolvidable para mí, un gran amigo al que echo mucho de menos desde que nos dejó en accidente de esquí años atrás. Su espíritu aventurero estaba con nosotros y me lanzó un guiño cuando vi su nombre en la furgoneta que llevábamos de Santiago, su padre. Una pegatina con su nombre decoraba la puerta de atrás que a su vez custodiaba la ropa, comida y medicinas que transportábamos para los refugiados, estábamos protegidos. Partíamos hacia una frontera en guerra, hacia una incertidumbre de 2600 kilómetros, hacia el desconocimiento de qué nos íbamos a encontrar.
Durante el camino, dudas, nervios e incluso reproches por teléfono de gente ajena que siempre aparece para intentar desbaratar el puente tan bonito que estábamos construyendo. Pero nos sobrepusimos a ello confiando en buenas personas de enorme corazón como Izaskun Adot de Brazadas de Superación, una fundación que gestiona desde hace años y que ayuda a familias de niños con discapacidad. Si los donativos los canalizábamos con dicha fundación la coordinación de las familias refugiadas lo hacíamos a través de Arco Iris Solidario y Segunda Familia. Asociaciones que se encargarían tanto de elaborar las listas de personas como de tener preparada la acogida de sus nuevas familias a su llegada a España. Detrás de esas organizaciones hay personas maravillosas como Mari Carmen Oscáriz o Pilar Asurmendi de una fuerza y coraje envidiable. Todo el aspecto legal estaba asegurado gracias a ambas asociaciones de experimentada labor humanitaria. Nadie podría ya destruir dichos cimientos.
Francia nos recibía con una fina lluvia y con el fogonazo de un radar puntilloso con ganas de iluminar nuestra presencia. Una cena improvisada de pie custodiaba ilusiones junto a puertas abiertas de furgones cargados de buenos deseos para personas que todavía no conocíamos. A nuestro lado Stephan, nuestro guía, un faro ucraniano que conocía el camino de vida que debíamos recorrer y manejaba todos los idiomas necesarios para este viaje que sí nos haría mejores personas, o al menos más conscientes del mundo en el que vivimos. Nacho relajaba una tensión inmerecida después de tanto tesón, tanto trabajo por encajar este puzle loco y conseguir partir hacia la frontera del socorro y la desesperación. Elías sonreía junto a Jon, Carmelo jugaba con la luz de su frontal, Cristina reía a su lado y Guille nos trasladaba su energía junto a Rubén.
Emma era una ucraniana que conocimos allí, en un área de servicio indeterminada. Me narró la manera en la que, junto a su acompañante armenio, iban a entrar por Moldavia para sacar a sus padres de Ucrania y ponerlos a salvo. Historias en la carretera, de encuentros aleatorios de las que no sabemos nada más. No sabemos si Emma habrá vuelto a abrazar a sus padres, no sabemos si estará a salvo ahora mismo. Ella es un ejemplo más de miles de personas que sufren en estos momentos los efectos directos o indirectos de una invasión.
Atravesamos Bélgica y entramos en el país teutón. Vimos lo feo que era el estadio del Bayer Leverkusen, cruzamos Alemania… Dortmund, Hannover y dejamos sobre nuestras cabezas el cielo estrellado de Berlín para cruzar la frontera natural del río Óder y así abrir la puerta de la fría Polonia. Era noche cerrada cuando nos dio cobijo un hotel llamado Nevada que extendía sus brazos de una planta junto a una estructura piramidal. Aquel lugar era una arteria principal tanto de salida de refugiados como de entrada de combatientes que se alistaban voluntariamente para defender su país. Así me lo narraba Ludmilla, que regentaba la recepción de dicho hotel polaco.
Al día siguiente nos indicaron que debíamos ir al Centro de Refugiados de Varsovia. Allí nos esperaban nuestros niños, nuestras nuevas familias procedentes de Ucrania.
Al llegar nos aguardaban en una acera junto a una gran nave industrial, ni siquiera nos conocían, éramos alguien en los que ellos debían depositar toda su confianza para que los sacáramos de allí. 28 personas que apenas portaban equipaje, en las maletas repletas de vacío rebosaban los recuerdos de lo que dejaban atrás. Hicimos contacto con los niños mediante unos osos de peluche y unos chupachups. Jose, compañero de trabajo, me había dado unas muñecas de pelo largo con peine y unos dragones rosas que algún día levantarían el vuelo soñando nuevos horizontes. Los pequeños se aferraron a sus regalos como quien quiere sentirse protegido ante lo desconocido. Elías y yo compartimos lágrimas y silencio, no puedo explicar lo qué sentí en aquellos momentos.
Quise conocer la realidad del centro de refugiados cuando traspasé el umbral de aquella colosal superficie de perímetro infinito. A este complejo se acercaban familias de todo tipo y condición, niños, ancianos, señoras en sillas de ruedas, hombres mayores en muletas… todos bajo un techo prefabricado de frío metal. Allí más de 10.000 personas esperaban al propio tiempo, esperaban a las propias agujas del reloj, sentados y arropados con mantas de incomprensión. El olor del lugar quedó impregnado en todo mi ser, impregnado en mi conciencia. Olía a pérdida, a dolor, a miedo y desilusión. Olía a guerra. Al menos mi pituitaria y mi corazón ya formaba parte de ellos para siempre. Llevé una bolsa enorme de piruletas que repartí entre los más pequeños. Tímidamente se fueron acercando, algunos esbozando una leve sonrisa a la que se sumaron madres y mayores que me miraban con un ápice de esperanza. La esperanza en el corazón rojo y dulce de una piruleta.
Arrancamos el convoy lleno de vida, Masha, de 13 años preguntó cuándo llegaríamos a Pamplona, todavía no habíamos salido de Polonia. Esa misma noche Rubén compró una tarta improvisada en un supermercado de carretera. La tarta consistía en unas cuantas gominolas y una vela en el centro. Galina cumplía 25 años y la sorprendimos llamando a su puerta cantando cumpleaños feliz. No era la mejor tarta, ni el mejor momento ni lugar, pero ella sonrió en pijama soplando aquella vela con un aire de felicidad que nos emocionó a todos.
Al día siguiente proseguimos nuestro viaje engullendo kilómetros. El dinosaurio de la mano de Carmelo comía camiones y eso hacía reír a los niños. En una de las paradas las chicas recogieron flores amarillas que nos regalaron iluminando nuestros corazones. Nos estaban dando más de lo que nosotros podíamos ofrecer, tan solo éramos unos osados extraños que conducíamos furgonetas. Nuestros chicos y compañeros de viaje Vania, Vova, Igor, Tatiana, Carolina, Kyrill y Masha nos regalaron unos búhos y un billete de un Grivna que decían que ya no tenía valor. Los búhos dijeron que éramos Juanjo y yo.
En la siguiente estación de servicio había un gran césped y salió el sol, el tiempo se detuvo. Fue un regalo. Todos jugamos juntos y nos divertimos mucho. Sentíamos que ya estábamos cerca de nuestra casa y que pronto dejaríamos atrás Francia. Nos hicimos una foto preciosa en la que por cierto yo salgo con Asha entre mis brazos, Asha es una perrita de siete años también refugiada, inocente y buena.
Llegamos a nuestro destino en donde nos esperaban nuestras familias, la prensa, las cámaras de televisión y la vida que teníamos antes… me sentí extraño. Aquel viaje me había transformado, me había tocado en lo más profundo, me había cambiado. Sentía que formaba parte de una gran familia llena de bondad, ejemplo y superación. Me sentía orgulloso de mis compañeros, sentía que me había convertido en algo especial, en parte de una caravana de vida, en algo verdadero: en un ser humano, nada más y nada menos.
