Los rusos, dueños de su destino
- Escrito por Héctor Valdés García
- Publicado en Opinión
Estos últimos días, hemos visto crecer imparable la figura, en mi humilde opinión, del más importante dirigente político en lo que llevamos de siglo, el ucraniano Zelensky. Tan pequeño de estatura como inteligente, valiente y entregado a su pueblo. Es Zelensky el némesis de Putin, como ha dicho Boris Johnson en su discurso de ayer 27 de Febrero, nunca ha estado más clara la diferencia entre el bien y el mal, entre la luz y la oscuridad. Frente a un desquiciado dictador ruso, el joven dirigente ucraniano, mesurado y antibelicista hasta el último instante previo a la invasión, enfrentado incluso por momentos a retóricas más agresivas provenientes de allende el Atlántico, asumió sin embargo lo inevitable de la agresión adoptando un indiscutible liderazgo pleno de emoción, empatía, habilidad política, y sobre todo mucho valor.
Jamás desde que Ucrania es independiente, había alcanzado ninguno de sus dirigentes un respaldo próximo al 90%, uniendo bajo sí a rusófonos, ucranianos occidentales, kievitas, católicos, tártaros, ortodoxos, judíos, crimeanos exiliados, refugiados del Donbass, rutenos, y todos aquellos grupos nacionales o de diferentes identidades regionales que pueblan el extenso país del este europeo. Ha conseguido Zelensky, en unas circunstancias extremas, unir a la práctica totalidad de la población de un país que nació intervenido y con muy pocas posibilidades de labrarse un futuro como entidad nacional sólida, independiente, y con voz propia en el contexto internacional.
Es un maestro el presidente ucraniano en el arte de aprovechar las contradicciones del dictador Putin, maniobra a la que el Kremlin tanto partido ha sacado los últimos años y que por primera vez se les está volviendo en contra. Con una cara mucho más amable, con un discurso pleno de humildad, compromiso y determinación, desestabiliza en sus intervenciones la psicópata deriva del ruso, cada vez más alejado de la realidad encerrado en su fortaleza moscovita, carente de asesores que osen no ya contradecirle, sino siquiera poner de manifiesto la gravedad de las acciones que emprendió el 24 de Febrero y las fortísimas consecuencias que conllevarán para las 4 próximas generaciones de rusos, que sentirán en sus carnes el sentimiento de culpa colectiva que caracterizó al pueblo alemán tras la finalización de la segunda guerra mundial y que arrastraron hasta bien entrado el siglo XXI, casi hasta el discurso de ayer de Scholz.
La deriva stalinista de Putin es ya imparable, bloqueando el acceso a redes sociales, deteniendo a mansalva a todo aquel que se atreva a oponerse a la atrocidad que está cometiendo su ejército en Ucrania, solicitando por boca del ex-presidente la reinstauración de la pena capital en el ordenamiento jurídico ruso, amenazando a todo aquel que ose con mandar una caja de antiinflamatorios a su sobrina o primo en Ucrania de que será acusado de colaboración con potencia enemiga, o prohibiendo a los trabajadores de empresas estratégicas (fundamentalmente las de defensa o las participadas por el estado en el sector energético) opinar en redes sociales acerca de lo que está sucediendo o comunicar vía telefónica o por aplicaciones de mensajería su punto de vista, advirtiéndoles de que serán inmediatamente despedidos del trabajo y acusados de colaboracionismo.
En su loca carrera autárquica, obsesionado con repetir la foto de la bandera ondeando en el Reichstag en el 45 ahora en la Verkhovna Rada, propicia un aislamiento que condenará a la generación actual y futuras al ostracismo internacional, norcoreanizando el país, daña hasta unos límites inasumibles la imagen del estado, y perjudica notablemente las expectativas vitales de millones de ciudadanos, aterrados por las consecuencias que para su día a día pudiera tener manifestar públicamente su oposición no ya a Putin, no ya a los dirigentes rusos, sino simplemente a que su ejército invada y agreda un país vecino con el que se comparte lazos fraternos de siglos; rara es la familia rusa que no tiene entre sus miembros algún ucraniano y viceversa, exagerar el sentimiento nacionalista hasta el extremo de abocar al odio a dos pueblos entrelazados históricamente, que comparten lengua y religión en muchos casos, tradiciones, costumbres, cultura y en general una forma de vida, es imperdonable.
Es Rusia un país impresionante, riquísimo en recursos, de unos parajes naturales de incomparable belleza, y con una riquísima historia que es difícil de abarcar, como también lo es Ucrania. Pero Rusia también es el país donde aun a día de hoy no es extraño pagar al médico un extra para una atención urgente, o al cirujano para una operación a vida o muerte, donde una licencia de conducción puede depender de la generosidad del aspirante para con el examinador, un título académico tiene precio, y donde la antigua militsia, hoy ya policía, sigue cumplimentando sus ingresos en algunos casos sangrando al más humilde de los ciudadanos.
Si me preguntan qué rasgo caracteriza no al oligarca ruso, no al exitoso hombre de negocios que se pasea por la costa malagueña, Belgravia o descansa en las Maldivas, sino al ciudadano común, al pensionista medio que vivió la caída de la URSS, yo diría que es el miedo a la administración pública en general y al poder político en particular. El silencio define la posición política del ruso de a pie, llevan en su ADN las salvajadas stalinistas que fomentaban las denuncias de hijos contra padres, de hermanos contra hermanos, de madres contra hijos. Las purgas de los años 30 fueron atroces, de una maldad enorme, y han dejado una indeleble huella en el alma rusa. No he conocido estado que respete menos la vida y el bienestar de sus ciudadanos, que tenga menos aprecio por los derechos y libertades fundamentales, que tenga más oprimida la sociedad civil, y que todo ello lo lleve a cabo disfrazado de necesidad patriótica contra la eterna amenaza extranjera proveniente de Occidente.
El pésimo trato al que se somete en el ejército a los jóvenes conscriptos, que en muchos casos apenas aprenden a manejar un arma durante su servicio y son por contra utilizados por los mandos para reformas domésticas o directamente de sirvientes particulares, ha sido denunciado por Human Rights Watch o Amnistía Internacional en múltiples ocasiones, con poco recorrido sin embargo en el ámbito internacional para no incomodar al zar y al dinero ruso que fluía sin parar hacia Occidente. Contrasta este trato con las carantoñas dadas al salvaje cacique checheno Kadírov, dueño y señor de una República Autónoma cuyo presupuesto se nutre en un 80% de fondos estatales, a cambio de ser leal y obediente a Putin y meter en cintura a los otros clanes de la zona. Ha unido su destino el caucásico al de Putin, sabedor de que facciones rivales acabarían con él de la manera más salvaje al día siguiente de perder el respaldo de Moscú. La anunciada llegada de los feroces Kadirovtsy a Ucrania ha removido conciencias en Rusia, lejos de animar a los rusos en su fervor patriótico, ha hecho rememorar las degollinas que llevaban a cabo estos ejemplares ciudadanos contra los jóvenes reclutas rusos en las guerras chechenas, o los salvajes atentados de Beslán o Dubrovka, y sí, la perspectiva de islamistas radicales matando a eslavos no convence en Rusia, qué cosas...
El Kremlin está desbocado en una loca carrera por convertir a su país en un enorme gulag, secuestrando a su sumisa y aterrada población y privando a sus ciudadanos de poder vivir una vida plena, en libertad.
Ha habido ciertos discursos los últimos días que apuntan en la dirección correcta, que no es otra que incentivar, animar y apoyar de la manera que sea necesaria al pueblo ruso para que sean los propios ciudadanos que lo componen los que detengan al psicópata que tienen al frente, ya tienen antecedentes exitosos en cambiar sus regímenes, lo hicieron en 1917 cambiando el zarismo por el bolchevismo, y en 1991 parando el golpe de los recalcitrantes a las reformas emprendidas por Gorbachov. Es de reconocer el acierto en sus discursos del premier británico, probablemente el dirigente occidental que mejor conoce a Rusia, y del propio Zelensky, que en todo momento separa al pueblo ruso de sus dirigentes.
Es la ciudadanía rusa la que tiene que movilizarse, liberarse del yugo impuesto y exigir su derecho a vivir en libertad, a terminar con la implacable dictadura que limita sus expectativas de vida, y a vivir en paz con sus vecinos y naciones hermanas, a restaurar los lazos que están a punto de romperse para décadas provocando un seísmo no ya sólo económico o social, que es gravísimo, sino en el propio acervo cultural eslavo, del mundo ortodoxo en general, que será irreversible de no mediar un punto de inflexión y un inesperado giro de los acontecimientos. La brecha generacional innegable, que separa de manera profunda la visión silenciosa, calla, obediente y sumisa que tienen aquellos que vivieron la caída de la URSS, con las generaciones posteriores que han vivido en el extranjero, que han aprendido idiomas, que han viajado, y que han comparado formas de vida, polariza a la sociedad rusa, precisamente son los jóvenes más ilustrados de ambientes urbanos los que ya lideran el pequeño movimiento opositor, y son ellos quienes tiene que galvanizar al resto de la sociedad en esa acción de liberación imprescindible.
Rusia tiene ya ese líder, su propio Zelensky, un héroe nacional que en estos momentos se pudre en un agujero, y no es otros que Alexei Navalni, valientísimo opositor que renunció a la comodidad del exilio en Alemania regresando a su patria, enfrentándose a un destino cierto de penurias, prisión y torturas. Un líder inquebrantable, patriota, inflexible en denunciar las atrocidades putinianas, y seguido por la flor y nata de la joven intelectualidad del país, dentro y fuera de sus fronteras.
Personalmente he conocido a alguna persona próxima a Navalni, de su misma estirpe, que ha renunciado en repetidas ocasiones a suculentas ofertas profesionales de Occidente para quedarse en su país, por patriotismo y por responsabilidad, aun a sabiendas de sus muy escasas posibilidades de éxito y renunciando a una vida de lujos y comodidades. Son Navalni y sus seguidores la esperanza rusa, los que tienen que coger el testigo una vez Putin ha optado el 24 de Febrero por el principio del fin de su régimen, son ellos los que tienen que ser abierta y decididamente respaldados desde Occidente para derribar el régimen instalado en el Kremlin.
No permitan los jóvenes, y no tan jóvenes, ciudadanos de Rusia, que les roben su futuro, háganse dueños de su destino, reincorpórense al concierto de las naciones, vuelvan a ser queridos, respetados y considerados, tienen una oportunidad única deteniendo y deshaciéndose de la camarilla que desde el Kremlin se cree con derecho absoluto sobre las vidas y haciendas de sus ciudadanos y de sus vecinos, y que ningún respeto ni sentimiento tiene hacia el sufrimiento de su propio pueblo.
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