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Sentido del abuso y religión


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

El abuso o maltrato de un niño despierta en nosotros un amplio espectro de emociones profundas imposibles de describir adecuadamente. Tal vez la razón por la que ese crimen nos conmueve tanto sea porque recordamos lo que es sostener por primera vez a nuestros propios pequeños, y experimentamos el extraordinario sentimiento de amor y el más profundo instinto paternomaternal de cuidarlos, enseñarles y protegerlos. Es espantoso, y casi inconcebible, que alguien pueda vulnerar a un niño. Es el colmo de las traiciones.

La sociedad se está unificando, se está levantando y está erradicando el abuso y el maltrato de menores. Una y otra vez vemos comunidades enteras que se movilizan para buscar a niños que se sospecha han sido raptados y abusados o maltratados. Cuando un solo niño está en peligro, se convierte en una noticia nacional. Pero el abuso o maltrato de menores no siempre ha sido noticia en los medios doctos, sino que ese mal acechaba entre las sombras, casi invisible y casi siempre indecible.

Este problema está relacionado con la esencia misma de la doctrina de la Iglesia. Los niños pequeños son inocentes y valiosos a los ojos de Dios. Jesucristo vivió algunos de Sus momentos más tiernos con los niños y reservó Su lenguaje más enérgico para las personas que abusan de ellos o los maltratan. “Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno y que se le hundiese en lo profundo del mar” (Mateo 18:6). Aquí también recuerdo lo de “el que tenga oídos que oiga”.

El primer interés que deberían tener las Iglesias cuando sus líderes cometen esta infamia es ayudar a la víctima. La naturaleza de los cristianos es servir y amar con compasión a los que sufren la agonía del abuso y el maltrato; es parte integral de su ministerio. Dentro de las Iglesias, las víctimas pueden encontrar guía espiritual que con el tiempo les lleva a sanar a través de la fe en Jesucristo. Pero en pocas ocasiones este fenómeno se da, al ser contradictorio el principio en si, con el que tiene la autoridad para haberlo ejercido y lo hizo justamente al contrario. A las víctimas del abuso y el maltrato se les debería ofrecer terapia profesional para que puedan beneficiarse de la mejor pericia secular, sin importar si pueden pagar o no.

La primera responsabilidad de la Iglesia es ayudar a los que han sido víctimas del abuso y el maltrato y proteger a los que pudieran ser vulnerables al abuso y el maltrato en el futuro. Ningún estado ni iglesia debe tener tolerancia en lo que respecta a los que abusan o maltratan a menores. Cuando se sospecha el hecho, la Iglesia instruye a sus miembros que se comuniquen primeramente con las autoridades legales y después debería existir un líder de esa misma iglesia que se encargue de procurar el asesoramiento espiritual, apoyo y lo que necesite. La Iglesia Católica debería cooperar como hacen otras iglesias plenamente con la policía en la investigación de incidentes de abuso de menores y en el juicio de los agresores. Puede darse igualmente entre el propio colectivo, un feligrés o miembro de una iglesia, abusa de otro miembro. ¿Qué harán esas autoridades? ¿Cuál es su política?

Sentimos compasión hacia el transgresor, pero no se puede tolerar el pecado del cual pueda ser culpable. Cuando se ha cometido una ofensa, hay un castigo”. Los que son declarados culpables de abuso o maltrato de menores reciben como mínimo la excomunión, la disciplina más fuerte que puede imponer una religión, pero no se hace. Los miembros excomulgados no pueden participar en nada y quedan sometidos al juicio de Dios que no será benévolo en ningún caso, porque dicho está. Para colmo no se ha visto de forma pública un “arrepentimiento” por parte de nadie, salvo error de mi parte. Aunque así haya sido, hay una clara jerarquía en la construcción de cualquier obra y en las transgresiones de dicha obra. De esta pocos culpables se salvarán. El perdón no elimina las consecuencias del pecado. La protección de la familia tendría que haber sido uno de los primeros principios de la Iglesia.

Sin embargo, el abuso o maltrato de menores no es un problema únicamente para las iglesias. Es un problema de la sociedad y, al igual que el resto de la sociedad, el entendimiento de las complejidades de dicho problema por parte de lo eclesiástico merece una reestructuración y vigilancia continua. ¿Cómo protege a sus hijos, castiga eficazmente a los agresores, y aun así se defiende en los tribunales cuando los cargos son engañosos y los casos no tienen ningún recorrido para ellos? Yo sé, que de esta no se librarán, más si creen en la vida de después.

Todo aquel/lla que crea en un Ser Superior sabe que estas cosas no se quedarán así, y desde esa perspectiva religiosa, incluso socratiana ser el agresor –así como lo vemos día tras día, líderes religiosos abusando de inocentes- es lo más execrable. Nada ni nadie podrá salvarlos, porque en la justicia divina o poética (en el teatro de la vida) el protervo nunca se salvará.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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